Dzhurdzhur


La carretera hacia la catarata mayor de Crimea sube desde el pueblo de Generalskoe –llamado Megapotamos y Ulu Özen, Río Grande, hasta la deportación de los griegos y tártaros de Crimea en 1945–. Son dos kilómetros hasta Dzhurdzhur, «la que murmura» –después de las deportaciones solo se pasaron al ruso los nombres de los asentamientos; las montañas y aguas aún conservan los nombres tártaros–, y pueden hacerse a pie, pero es mucho más aventurero subirse a uno de los muchos jeeps de descarte del ejército que esperan a las afueras del pueblo y emprender una loca carrera a lo largo de los caminos erosionados por el agua hacia la cabecera del valle..





«Unas semanas antes les habíamos paseado [a unos jefes beduinos] por la Saboya. Su guía les había conducido hasta una cascada que retumbaba, caudalosa, como una columna trenzada, y frente a ella les dijo:
– Disfrutad del espectáculo.
Era agua dulce. ¡Agua! ¡Cuántos días de marcha se necesitan aquí para llegar al pozo más cercano y, si se encuentra, cuántas horas para excavar la arena que lo llena y conseguir una suerte de barro mezclado con orín de camello! ¡Agua! En Cabo Juby, en Cisneros, en Port-Étienne, los niños de los moros no piden dinero, sino que, con una lata de conservas en la mano, piden agua.
– Dame un poco de agua, dame…
– Si eres bueno.
El agua, que vale su peso en oro, el agua cuya gota más pequeña hace brotar en la arena la verde chispa de una brizna de hierba. Si en algún sitio llueve, un gran éxodo anima el Sáhara, las tribus se encaminan hacia esa hierba que brotará a trescientos kilómetros de distancia… Y esa agua tan escasa de la que, desde hacía diez años, no había caído ni una sola gota en Port-Étienne, retumbaba allí abajo, como si toda la provisión del mundo se estuviera derramando de una cisterna resquebrajada.
– Tenemos que irnos.- Les decía el guía.
Pero ellos no se movían.
– Déjanos un poco más…
En silencio, serios, mudos, presenciaban el desarrollo de un misterio solemne. Lo que brotaba así, del vientre de la montaña, era la vida, la sangre misma de los hombres. El caudal de un segundo hubiera resucitado caravanas enteras que, borrachas de sed, se habían hundido para siempre en el infinito de los lagos de sal y los espejismos. Aquí Dios se manifestaba: no se le podía volver la espalda. Dios abría sus esclusas y mostraba su poder: los tres moros permanecían inmóviles. – ¿Qué más queréis ver? Vámonos…
– Hay que esperar.
– ¿Esperar qué?
– El final.
Querían esperar hasta el momento en que Dios se cansara de su locura. Se arrepiente pronto. Es un avaro. – Pero, ¡si esta agua lleva mil años brotando!
Así que, esta noche, ellos no hablan de la cascada. Es mejor no hablar de ciertos milagros. Es mejor no pensar demasiado en ellos, de lo contrario ya no se comprende nada. De lo contrario, uno empieza a dudar de la existencia de Dios…
– Mira, el Dios de los franceses…»

Antoine de Saint-Exupéry, Tierra de hombres