Una resurrección malograda


En el barrio de Malá Strana de Praga, en la calle Letenská, donde el tranvía rueda bajo los contrafuertes de la iglesia de los Agustinos, junto a la puerta del antiguo convento carmelita, una señal fantasma de antes de la Guerra fue recientemente restaurada. Es una flecha que apunta en dirección al río nombrándolo en los dos idiomas de una Praga durante un tiempo bilingüe: MOLDAU y VLTAVA.

Mejor dicho, debería nombrarlo, pues la mitad alemana de la inscripción ha sido cuidadosamente cegada con pintura blanca en algún momento posterior al redescubrimiento.


En el transcurso de las grandes desubicaciones de Europa del Este en la década de 1940, a una parte de las inscripciones públicas que revelaban un conflicto racial, nacional o de clase, se les dio la oportunidad de sobrevivir en sus muros bajo una capa de pintura hasta que se extinguieran los viejos odios y las personas que los encarnaban, para resucitar luego en una sociedad más madura, más sabia y comprensiva, donde ya no serían destruidas, sino recuperadas y apreciadas como signos conmemorativos de la historia y de un mundo culturalmente más rico —y tal vez mejor—. Así ha ocurrido en Lemberg, donde las inscripciones en yidis o polaco tienen ahora su propio espacio, con blogs y publicaciones impresas; también en Wroclaw, donde son restauradas y se publica un catálogo académico con las inscripciones alemanas de la antigua Breslau; o en Abbazia, donde el cartel o el letrero multilingüe ya no es un recordatorio de la opresión extranjera sino de la edad de oro del centro turístico más famoso de la monarquía austro-húngara.

En Praga, la sociedad aún no tiene la suficiente madurez para que el nombre del Vltava se pueda leer sobre un muro en la lengua materna de sus tres millones de compatriotas deportados o asesinados, en la lengua materna de Franz Kafka y de Bedrich –nacido Friedrich– Smetana; un letrero que está tan sólo a una esquina de distancia del museo dedicado al primero, y a dos esquinas del río cantado por el segundo.

Los fantasmas, obviamente, no existen.

El letrero antes de ser tachado. Foto de Wikipedia fechada en 17 de noviembre de 2011