El palacio del Murza


«Bien que se lo advirtió el Gran Visir Köprülü al príncipe George Rákóczi: "No vayas a Polonia en busca de un reino porque acabarás como aquel camello que fue a Alá exigiéndole que le dotara de cuernos y Alá hasta le cortó las orejas". Así le ocurrió al príncipe Rákóczi. No se contentaba con ser el gran príncipe de aquella hermosa Transilvania, querido por igual de alemanes y otomanos: su pecado, su ambición lo llevó a Polonia en busca de una corona; y no sólo no sacó de allí ningún cuerno de oro sino que además perdió a la flor y nata de su pueblo, el ejército de Transilvania. Todos fueron capturados por el khan de los tártaros de Crimea, enviado a atacar la retaguardia de las tropas transilvanas.»
Mór Jókai: Los Damokos, 1883

Geor[gius] Ra[koczi] D[ei] G[loriae] P[rinceps] T[ransylvaniae] / Par[tium] Reg[ni]
Hun[gariae] Dom[inus] et Sic[ulorum] Com[es] 1660 – George Rákóczi [II.],
por la Gracia de Dios Príncipe de Transilvania / Señor de parte
de Hungría y Conde de los Székelys, 1660

En 1657 George Rákóczi II, príncipe de Transilvania, aliado con el rey de Suecia y con el hetman cosaco Bogdan Khmelnitsky, partió contra los polacos para coronarse rey de Polonia. Ya estaba bien adentro del país, cuando los suecos lo abandonaron. A su retaguardia, la starosta polaca de Zip invadió Transilvania, y el sultán envió contra él al khan tártaro de Crimea, que arrastró como esclavos a la península a los cuarenta mil hombres del ejército transilvano. A continuación, las tropas turcas y tártaras saquearon Transilvania, llevándose a otras cien mil personas cautivas. Así comenzó la destrucción del principado independiente de Transilvania. Así comienza una de las novelas cortas menos conocidas de Mór Jókai, prolífico autor de novelas históricas, extraordinariamente popular a finales del siglo XIX. Se trata de A Damokosok (Los Damokos), una de nuestras lecturas infantiles favoritas, que teníamos en esta colección, Biblioteca Económica


En la rocambolesca historia, Boldizsár Czirjék, el astuto székely, hábil para cualquier empresa (y que aquí en esta portada aparece huyendo de los tártaros) logra salvar las dos mil monedas de oro que sirven de rescate por el capitán székely Tamás Damokos, capturado con el ejército de Transilvania, y que le permitirán también llegar a su destino contra todos los inesperados giros y revueltas del argumento. Tamás Damokos, mientras, espera su rescate en el palacio del tártaro de Crimea Murza Buzdurgan, trabajando primero en el jardín y luego en la tenería, y resistiendo, además, el asedio amoroso de Kalme Kadina, una hermosa circasiana esposa de Murza.

Hasta donde sabemos, es el único libro de la literatura húngara –aparte del de Kassil La calle de Volodia y el de Ulitskaya Medea y sus hijos– que ofrece alguna imagen de Crimea. Y en español sólo hemos podido leer la novelesca historia, de tema muy posterior, de un tal E. Armingual: Recuerdos de mis viajes a la Crimea durante el memorable sitio de Sebastopol, Barcelona, 1859 (agradeceremos mucho a quien tenga otras referencias literarias que nos las quiera pasar). Por eso decidimos comprobar ahora, después de tantos años, la realidad de aquellas lecturas.

Las escenas de Crimea en la novela de Jókai transcurren en un espacio cerrado, el jardín del palacio del Murza (del persa Mirza, ‘príncipe', jefe principal del khan de Bajchisarái) Buzdurgan, en algún punto de la costa peninsular. Jókai, como siempre, nos regala una elaborada descripción del palacio.

«Allí estaba el famoso lugar de Murza Buzdurgan, donde los ríos Karasu y Salgir se unen y forman una península montañosa. El asentamiento era una entera ciudad toda fortificada pues los dos ríos bajan de las montañas formando rápidos imposibles de cruzar en barco, y quienes se han atrevido a atravesarlos a nado lo han pagado con su vida. En la parte del continente una fuerte muralla de piedra corre de un río al otro cerrando el triángulo.

La península era la última parte de una suave cadena de montañas plantadas de viñedos y árboles frutales entre los que se podía ver a lo lejos la fachada de mármol blanco del palacio del Murza, con sus amplias terrazas donde el harén se solazaba en las horas del crepúsculo ... Allá arriba, en torno al palacio, hay un verdadero paraíso ... creado por la propia naturaleza al desviar una gruesa corriente de agua de la montaña hacia el interior de la península para dejarla luego caer en forma de alta cascada en el Karasu»


Pero ¿dónde estaba este palacio?

Donde los ríos Karasu y Salgir se unen, al noreste de la península de Crimea mirando hacia el Arabat Spit y las lagunas de Sivash hay de hecho un lienzo de tierra, una península o más bien una isla rodeada por los ríos y el mar. En esta zona, donde el mapa ruso de Crimea de 1922 muestra una multitud de asentamientos tártaros, los atlas modernos de la península ofrecen tan solo un puñado de nombres rusos de acuñación reciente.



Pero tal como puede verse en el atlas, y mejor aún en el mapa de Google de abajo, en esta tierra no hay suaves cadenas montañosas, ni cascadas, viñedos o terrazas, solo llanura y pantanos. Así lo confirman las pocas fotos de la región disponibles en Panoramio o en la web rusa.


Parece como si Jókai solo hubiera visto el mapa político de Crimea, sin consultar ningún mapa topográfico, y no tuviera claro que toda la península está dividida en dos partes claramente diferenciadas: la parte sur se adentra en el mar desde unos altos macizos montañosos, mientras que al norte la tierra es una llanura sumamente plana: una continuación de la estepa que se adentra en la península. Es posible que la imaginación de Jókai proyectara en el papel los grabados de los palacios enclavados en las románticas montañas del sur, o aquellas otras edificaciones retrepadas en los acantilados costeros de la zona noreste, aparentemente protegidos por el abrazo de los dos ríos, y lo adornó todo con los populares motivos orientalistas de la época –al igual que en otra obra suya, Un famoso aventurero del siglo XVII, imaginó en el piadoso barrio judío de Lemberg unos laberintos que ya quisiera haber soñado Piranesi.


Pero hay aún otra rareza en la descripción. Al hablar del maravilloso jardín del palacio, lleno de fuentes que corren y plantas exóticas, Jókai dice:

«La parte de la península de Crimea en la montaña florece con la bendición del clima italiano. Bosques enteros de laurel, granados y naranjos crecen como en los alrededores de Roma, y las frutas de origen asiático, peras, manzanas, melocotones, están como en su casa entre el perenne follaje gris plateado de los olivos ... A finales de febrero, cuando el viento antiguo de Nemere sopla con furia sobre la tierra székely y se sacude la nieve de la barba, en Crimea los frutales están en toda la pompa de sus flores, y los prados coloridos ríen con los jacintos y tulipanes completamente abiertos. Los vientos fríos del norte se quiebran en las altas montañas de Chatir Dag, y una suave brisa del Mar Negro anima a la primavera a que se apresure.»

Esto es cierto, Jókai sacó la imagen de alguna fuente auténtica. Sin embargo, solo es aplicable al sur de Crimea. El Chatir Dag que haciendo honor a su nombre surge como una carpa protectora sobre la costa sur, está a solo unos diez kilómetros del mar. Jókai coloca el palacio del Murza mucho más al norte, en las llanuras expuestas a los vientos fríos del norte.

El Chatir Dag visto desde la costa de Alushta

¿Cómo surgió tal imagen en la mente de Jókai? ¿Se imaginaba el parapeto protector de la montaña mucho más al norte? ¿O trasladó al sur la porción de tierra que abrazan el Karasu y el Salgir? Él, que solía dar descripciones tan precisas y atinadas de las tierras que conocía, ¿usó aquí libremente la imaginación pensando que no muchos lectores podrían llegar a esta lejana parte del imperio ruso, tan cerrado por entonces, para comprobarlo? Seguramente tenía razón al pensar así.

Con todo, aunque el lector de Jókai no encuentre el palacio del Murza entre los ríos Karasu y Salgir, puede todavía encontrar en Crimea las piezas del mosaico que reunió aquel gran narrador de historias. Aún hoy se ven allí espléndidos jardines y palacios, solemnes montañas y cascadas, plantas exóticas y abundantes fuentes. E incluso tártaros, al menos de momento.


School start


in the Georgian village of Makarta, which lays only twenty kilometers from the Georgian military road connecting Tbilisi with Vladikavkaz, but these twenty kilometers in the deep gorge of the Guadamakari river take longer to do than the eighty leading there from Tbilisi. The village, which in recent years was abandoned by most of its residents, is inhabited by about thirty persons, including Bacho Tsiklauri, the last student of the elementary school. His two teachers, who also started their careers in this school, the Georgian and math teacher Lia and the English teacher Inga now prepares only him for the upper school four kilometers away, where he will go in next year. Then this school will close.

Some of these pictures, taken by David Mdzinarishvili in June, have already appeared on the net, but the Russian Lenta published the entire series just now, for the school start. Beside the harrowing story, the stunning scenery and the rundown locations, or rather above all these, the most beautiful in them are the many faces of the vivid and smart boy, as he walks alone on the difficult path of growing up, just like that other, similarly lonely boy just a few mountain ranges from here in Semih Kaplanoğlu’s film Honey (2010). It would be so good if he had luck.


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The Murza's palace


“It was said well in advance by Grand Vizier Köprülü to Prince George Rákóczi: “Don’t go to Poland in search of a kingdom, because you will end like the camel, who went to Allah, demanding him to give it horns, and then Allah even cut off its ears.” So had it Prince Rákóczi. He was not content to be the great prince of that beautiful Transylvania, equally estimated by the Germans and the Ottomans: his sin, his ambition brought him to Poland in search of a crown; and not only he did not get the golden horns there, but he also lost the flower of his nation, the fighting army of Transylvania. They were all caught by the Khan of the Crimean Tartars, who was sent in the back of the Transylvanian troops.”
Mór Jókai: The Damokos, 1883

Geor[gius] Ra[koczi] D[ei] G[loriae] P[rinceps] T[ransylvaniae] / Par[tium] Reg[ni]
Hun[gariae] Dom[inus] et Sic[ulorum] Com[es] 1660 – George Rákóczi [II.],
by the Grace of God Prince of Transylvania / Lord of some parts
of Hungary and Count of the Székelys, 1660

In 1657 George Rákóczi II, Prince of Transylvania, allied with the Swedish king and the Cossack hetman Bogdan Khmelnitsky, started off against the Poles, to be crowned the King of Poland. He was already deep inside the country, when the Swedes abandoned him, the Polish starosta of Zips in his back invaded Transylvania, and the Sultan sent against him the Crimean Tatar Khan, who dragged into slavery to the Crimea the forty thousand strong Transylvanian army. Then the Turkish and Tatar troops plundered Transylvania, driving another hundred thousand people into captivity. Thus began the destruction of the independent principality of Transylvania. Thus begins one of the less known short novels by Mór Jókai, the extremely popular and fertile late 19th-century author of historical novels, A Damokosok (The Damokos), which was one of my favorite childhood readings in this edition of the Cheap Library series.


In the adventurous story Boldizsár Czirjék, the shrewd Székely jack-of-all-trades (who here on the frontispiece is just slipping away from the Tatars) manages to save those two thousand gold coins, which serve as a ransom for the Székely captain Tamás Damokos, captured with the Transylvanian army, and to let it arrive to its destination against all the unexpected twists and turns. Meanwhile Tamás Damokos waits for the ransoming in the Crimean palace of the Tatar Murza Buzdurgan, working first in the garden and then in the tannery workshop, while he even has to resist the love siege of Kalme kadina, the beautiful Circassian woman, the Murza’s wife.

As far as I know, this is the only book in the Hungarian literature – apart from Kassil’s Volodya’s street and Ulitskaya’s Medea and her children, translated in 2003, about which we will write later – which offered any image of the Crimea. (Do you know about any such books in your national literature?) This is why I thought to check again, after some forty years, how is this image like.

The Crimean scenes of the novel take place in a closed space, in the garden of the palace of Murza (from Persian Mirza, ʻprince’, a chief leader of the Khan of Bakhchisaray) Buzdurgan, somewhere in the Crimean coast. Jókai, as usual, gives an eloquent description of the palace.

“The famous settlement of Murza Buzdurgan was there, where the Karasu and Salgir rivers flow together, and form a mountainous peninsula. This settlement was a whole city, or rather fortress, because the two rivers run down the mountains full of rapids, so that it was impossible to cross them with a boat, but even who wanted to swim across them, had to make account with his soul. And from the mainland side a strong stone wall run from one river to the other, which closed the triangle.

The peninsula was the last part of a gentle mountain chain, planted with vineyards and fruit trees, among which one could see from far away the white marble facade of the Murza’s palace, with the flat terraces, on which his harem enjoyed themselves in the twilight hours… Up there, around the palace, there is a veritable paradise… created by Nature herself, who led a strong mountain stream on the peninsula, which then falls with a high cascade into the Karasu.”


Where was this palace?

Where the Karasu and Salgir rivers flow together, on the northeast side of the Crimea looking toward the Arabat Spit and the Sivash lagoons, there is in fact a piece of land, a peninsula, or rather an island surrounded by the rivers and the sea. Where the Russian map of the Crimea in 1922 shows a multitude of Tatar settlements, in the modern atlas of the Crimea you can only read a handful of recently coined Russian names.



But as you can see in the atlas, and even more on the Google map below, in this land there are no gentle mountain chains, no cascades, no vineyards and terraces, but only plains and marshland. This is confirmed by the few photos of the region available on Panoramio and on the Russian web.


It seems as if Jókai only used the political map of the Crimea without a topographical one, and it was not clear to him that the whole peninsula is divided into two clearly distinct parts: the southern part meets the sea with high mountain chains, while the northern part is a flat plain land, the continuation of the steppe in the peninsula. It is possible that Jókai projected the engravings seen by him of the palaces nestled in the romantic southern mountains or rising on the coastal cliffs onto the north-eastern scene, seemingly so protected in the embrace of the two rivers, and embellished it with the popular oriental motifs of the period – in the same way as in his A famous adventurer in the 17th century he imagined labyrinths putting to shame Piranesi into the pious Jewish quarter of Lemberg.


But there is also another oddity in the description. Speaking about the wonderful garden of the palace, full of affluent fountains and exotic plants, Jókai says:

“The part of the Crimea over the mountain range blooms under the blessings of an Italian climate. Whole groves of laurel trees, pomegranates and oranges are blossoming, like around Rome, and the Asian-bred fruits, pears, apples and peaches are already at home among the silver-gray evergreen foliage of the olive trees… At the end of February, when the ancient wind of Nemere blows with anger over the Székely land, and shakes the snow from his beard, in the Crimea the fruit trees are in the full pomp of their flowers, and the colorful flower beds laugh with fully opened hyacinths and tulips. The cold winds of the north are broken on the high mountains of Chatir Dag, and a gentle breeze from the Black See hurries the spring to come.”

This is true, Jókai drew his image from an authentic source. However, this only applies to the southern Crimea. The Chatir Dag, which, worthy of its name, emerges as a protective tent over the southern coast, is only some ten kilometers from the sea. Jókai placed the Murza’s palace much further to the north, on the plains exposed to the cold northern winds.

The Chatir Dag seen from the coastal Alushta

How did this image come together in Jókai’s mind? Did he imagine this protective mountain range much further to the north? Or brought down to the south the piece of land embraced by the Karasu and the Salgir? He, who used to give so precise and perceptive descriptions on the lands known to him, here let loose his imagination, thinking that not many of his readers would get to this distant part of the closed Russian empire anyway? He was probably right to think so.

Nevertheless, even if Jókai’s reader cannot find the Murza’s palace between the Karasu and Salgir rivers, he can still find in the Crimea the pieces of the mosaic put together by the great story-teller. Still today there are splendid gardens and palaces, magnificent mountains and waterfalls, exotic plants and affluent fountains. And even Tatars, at least for show.


Teleféricos


El teleférico fue un elemento característico y muy apreciado por el turismo de la antigua Unión Soviética. Cuando una montaña se alzaba al lado de un centro turístico popular, más pronto o más tarde se acababa instalando allí un teleférico, aquel gran símbolo de la industria soviética que proporcionaba al mismo tiempo una sensación de dominio de la naturaleza, la ilusión de la existencia de bienes de consumo para el pueblo y algo así como un tolerado misticismo material. En Yalta se construyeron incluso dos, y nosotros vamos a utilizarlos. El primero permite a los turistas volar hasta Ay-Petri, la montaña de San Pedro, elevándose a 1.200 metros de altura desde la orilla misma del mar y ofreciendo una perspectiva vertiginosa de la ciudad. El segundo, el teleférico que lleva directamente desde el corso a la colina de Darsan, en medio de la ciudad, fue el decorado de la escena clave de Assa (1989), la película de culto del cambio del régimen soviético: al subirse a él, los amantes se elevan también por encima de la realidad soviética asfixiante y de sus propios miedos, con la canción más sugerente de los años 80, La Ciudad Dorada –acerca de la cual hemos escrito en detalle–, sonando de fondo. Para los primeros espectadores de Assa ir en aquellas desvencijadas telecabinas también significaba un viaje en el tiempo: durante más de veinticinco años apenas había cambiado nada en aquel escenario, tal vez sólo el nuevo dorado de las cúpulas de la catedral Alexander Nevsky.


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Akvarium: Город золотой (Ciudad dorada). Mosfilm no permite desde hace poco insertar este vídeo, pero tenéis que escuchar necesariamente esta canción junto con el vídeo tomado del film. Ved aquí la letra y su traducción.

Sin embargo, el logro más espectacular del teleférico soviético está ligado a una ciudad que no es en absoluto de oro, que en aquellos momentos no conocía el turismo y a la que aún hoy no es fácil llegar. La ciudad de Chiatura en la región de Imereti, en Georgia, era por entonces la principal fuente de producción de manganeso, no sólo de la Unión Soviética, sino de todo el mundo. El angosto interior de la ciudad, situada en un profundo cañón, está completamente ocupado por la mina de manganeso y por un centro construido en el mejor estilo barroco estalinista, por lo que los trabajadores que habitan en los bloques socialistas edificados en la cima de los acantilados debían ser transportados arriba y abajo por una intrincada red de tranvías aéreos. Diecisiete de las líneas de transporte por cable de la época siguen funcionando, ofreciendo al visitante una imagen de fuerte simbolismo post-apocalíptico de la industria soviética que sus constructores, en el apogeo de la minería de manganeso, no podían obviamente imaginar. Un reportaje apareció en el Livejournal ruso, pero las fotos del excelente fotógrafo neozelandés Amos Chapple, publicadas hace pocos días en The Atlantic, enfatizan con mayor dramatismo esta dimensión.


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Curiosamente, justo al lado de Chiatura funciona un aparato que destaca el otro valor simbólico del teleférico soviético, la experiencia de elevación metafórica derivada de una ascensión física. El aspecto romántico de la peña de Katskhi invita a consideraciones sublimes, por lo que no es de extrañar que el Padre Maxime, de adolescente –«cuando solía beber con los amigos en las montañas de por aquí»–, ya anhelara vivir algún día en su cima como un estilita solitario. Después de largas idas y venidas –«bebía, vendía droga, de todo»– finalmente logró realizar su sueño. Las necesidades del cuerpo quedan cubiertas por una celda acogedora y por las provisiones que le llegan regularmente a través del teleférico, enviadas por los monjes del monasterio de abajo. Y el nivel constante de elevación espiritual debe garantizárselo esta vista única. «Es aquí arriba en el silencio donde se puede sentir la presencia de Dios», señala el Padre Maxime plenamente satisfecho y adoptando un laconismo místico. Pero la administración nacional de turismo de Georgia, a fin de extender tamañas experiencias espirituales a un posible gran público, planea construir otro teleférico para el transporte de pasajeros desde el valle hasta la ermita en lo alto del risco.

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Estas fotos también son de Amos Chapple. Pero hay unas buenas series de la peña y la ermita en algunos blogs rusos como masterok o cyxymi. Y el anónimo autor del blog de travelgeorgia.ru llegó incluso a reunirse con el Padre Maxime, que a veces desciende al monasterio para permitirse un rato de vida social:

«Cuando llegué al monasterio, me ofrecieron gachas de trigo sarraceno y tres vasos de vino «Odessa», y me dijeron que en cualquier momento que deseara establecerme allí de manera permanente, siempre sería bienvenido. Y de golpe apareció el Padre Maxime, cuyo retrato de aquí abajo conseguí capturar para la historia. Me hizo dos o tres preguntas corteses. Y entonces ocurrió algo muy extraño. Recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida. Dos chicos me acompañaron y en la puerta me dieron 10 laris (unos 5 dólares). "El Padre Maxime nos pidió que se los diéramos", dijeron.

Misterio. De buena gana habría charlado un poco con él sobre este viaje largo y terrible. Pero al final no lo hice. Desde su punto de vista yo debía ser tan sólo un turista banal con una gran cámara».