Ars memorativa


No hace mucho estuvimos en Buenos Aires. Es un viaje del que tenemos tanto que contar que todavía no hemos encontrado por dónde empezar a hacerlo. Y va siendo el momento, porque las horas ya suenan en otro año, el tiempo no dará tregua y no queremos que los recuerdos se difuminen o se oxiden. Aunque el tiempo también es capaz de hacer justo lo contrario con los recuerdos: decantarlos, reciclarlos y darles un fulgor o persistencia que los señala como valiosos o como quincalla. No es fácil predecir qué cosas atesorará la memoria y qué desechará. Con las piezas sueltas, dentro de la cabeza el tiempo compone objetos nuevos, más completos, y llega a construir narraciones donde solo había escenas.


Un humilde ejemplo: volviendo de la ciudad de Azul a Buenos Aires, no habíamos recorrido ni cinco kilómetros cuando paramos a comer en un restaurante llamado «Punto Argentino», cerca de un lugar vallado donde pastaban guanacos. Allí encontramos a Juan Bautista, que con piezas de chatarra daba forma a animales fabulosos o extinguidos antes del Diluvio y construía máquinas de inextricable funcionamiento.


Esta moto que parece desenterrada del futuro, con su toque cyberpunk, nos trae a la memoria, por supuesto, a las bicicletas de los Caballeros del Sol y de la Luna, de las que hablamos en otra entrada. Y también está cerca de los juguetes que rehace o contrahace nuestro amigo Miquel Àngel Llonovoy en su insólito museo.





Llevábamos estas imágenes frescas en la memoria y solo al llegar de nuevo a Buenos Aires y hacer recuento de los días pasados, nos dimos cuenta de la similitud de este trabajo con otro que habíamos visto antes, en Azul: el de Carlos Regazzoni autor de un parque de figuras quijotescas hechas con hierros viejos, somieres retorcidos, capós de coches, tuercas, manivelas, tubos, radiadores de autobús, clavos.


Azul, en la pampa, al sudoeste de Buenos Aires, es una ciudad interesante por muchas razones. Fue declarada por la Unesco en 2007 «Ciudad Cervantina de la Argentina». Esta plaza está en la afueras de la ciudad, a orillas del arroyo Azul y bajo un inmenso cielo. Hasta allí fuimos para participar en las II Jornadas Cervantinas Internacionales, en un ambiente tan apasionado por la obra de Cervantes que transmutaba como por ensalmo la pampa en los páramos manchegos. De esta ciudad también hablaremos más adelante.


«...de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»

Julia observa con justificado temor a una acorazada Dulcinea.

«Allá va Sancho con su rocino».


Concluimos así que esa zona del país debía atraer especialmente a unos peculiares artistas chatarreros. Pero solo hoy, cuando ya hace casi dos meses que volvimos a casa, pensando de nuevo en aquellas esculturas hemos recordado de pronto el catálogo de una exposición que compramos en el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), lugar donde pasamos buenos ratos tanto en sus salas como en la librería. Aparecen allí unas esculturas del famoso Antonio Berni que acaban por construir este relato azaroso, un recorrido que nosotros mismos desconocíamos haber hecho por el arte del reciclado argentino. Son estos tremebundos monstruos hibridados con maderas, pomos de puerta, remaches, arandelas, tapas de inodoro, buzones, cestas de mimbre, raíces... seguramente los antecedentes más ilustres de las esculturas anteriores.

La hipocresía o Los monstruos interplanetarios se disputan a Ramona (1964)

La sordidez (1965)

El pájaro amenazador (1965)

El gusano triunfador o El triunfo de la muerte (1965)

Un relato imprevisto dentro de ese otro gran relato del viaje a Buenos Aires que aún no sabemos por dónde o con qué piezas empezar a componer.