Lirenar

Sabemos que la lectura solitaria —aquella en que los ojos son una especie de tragaluz que absorbe las letras para iluminar la oscuridad del individuo solo— es una actividad moderna. Depende de la existencia de lo que conocemos como «individuo». Es un invento reciente y más o menos paralelo a nuestra idea de la «literatura». No discutiremos que el monje parisino que abría en su celda una copia manuscrita de las Cartas de Abelardo y Eloísa, el humanista milanés que se solazaba con la Hypnerotomachia Poliphilii y el hidalgo que se hacía encuadernar los versos favoritos de los poetas ingeniosos que corrían por el Madrid de Felipe IV, leían fundamentalmente para ellos mismos. Ni que don Quijote, que se volvió loco por llevar a cabo este tipo de lectura, marque un punto y aparte en la historia de las letras. Esto es así, pero hizo falta que todos estos personajes dejaran de ser excepcionales y poblaran masivamente las ciudades, y que en ellas apareciera una nueva conciencia de individuo, que quizá pueda llamarse burguesa, para consolidar de una vez por todas la lectura solitaria y, con ella, nuestra idea de la literatura.

A veces es difícil hacer ver la profundidad de las implicaciones de estos cambios a quienes no han tratado lo suficiente con la literatura anterior al siglo XIX. Sirve entonces de ejercicio dirigirse a la autoridad del Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias y pedirles que busquen allí —estamos en 1611, seis años después de la publicación de la primera parte del Quijote— la definición de leer:
Leer. Del verbo latino lego, is, es pronunciar con palabras lo que por letras está escrito. Leer, enseñar alguna diciplina públicamente.
Así que todavía en 1611 «leer» es pronunciar, usar la voz, hacer público. No solo usar los ojos, interiorizar, reflexionar.

Pero aún hoy leer y escribir pueden ser, en algunos ámbitos, cosas distintas a lo que entendemos de manera automática. Nos lo cuenta Isabel Fonseca en un libro que explica de una manera muy intensa la historia, la vida y sobre todo la cultura de los gitanos en la Europa ex-comunista: Bury Me Standing, 1995 (Enterradme de pie, 2009). Nos llama la atención la cantidad de referencias a la relación que tienen los gitanos con su lengua propia, con la escritura y la lectura. El libro empieza hablando de la famosa Papusza (muñeca) nombre romaní por el que se conoció a Bronisława Wajs (1908-1987), gitana polaca. Una mujer que se empeñó de pequeña en aprender a leer y acabó escribiendo una colección de extraordinarios poemas que son muchas veces testimonio de los acontecimientos difíciles de la historia de su pueblo. Basta ver la balada que escribió sobre la vida clandestina en los bosques durante la Guerra, «Lágrimas de sangre: lo que pasamos bajo los alemanes en Volhynia en los años 43 y 44». Antes se había dado a conocer como cantante, desde que la casaron, a los 15 años, con el viejo y venerable arpista Dionizy Wajs.



Imágenes de Papusza. Al fondo se escucha la canción popular rusa Por qué, amigo, bajaste tanto la cabeza, cantada por el grupo «Ruska Roma» (gitanos ruso-polacos de Volhynia) Romane Gila

Las reflexiones de Isabel Fonseca sobre la relación de los gitanos con la escritura nos revelan una tensión entre lo individual y lo colectivo que creíamos que ya no existía en Europa: «La œuvre colectiva del puñado de poetas romaníes que está hoy en activo presta testimonio de una tensión no superada entre la fidelidad a la tradición popular y la tentativa individual, acompañada de un leve sentimiento de culpa, de cartografiar la propia experiencia. Papusza recorrió ya, cuarenta años atrás, ese camino que lleva de lo colectivo y lo abstracto a un mundo privado, detalladamente considerado.» (p. 14)

A Papusza, ese camino la llevó a la consideración de «traidora» y magherdo (impura) entre los roma polacos, fue excluida del grupo y su vida se vino abajo. Primero en un hospital psiquiátrico y luego sola y aislada durante treinta y cuatro largos años, hasta su muerte.

Para Papusza, al contrario que Preciosa —aquella otra gitana ilustre que sabía leer y escribir inventada por Cervantes—, ganar un nombre en una actividad propia de los gadjo (payos) como es publicar libros, a la vez que le granjeaba una identidad única, le costó la separación radical de su grupo (claro que de Preciosa sabremos luego que no era gitana). En los gitanos hay una suerte de encierro en la palabra hablada del que se están liberando lentamente. La pregunta es si esa «liberación» será indefectiblemente paralela a su desaparición completa como pueblo.

Copiamos unas líneas del libro de Fonseca:
No hay propiamente una palabra en romaní que exprese la idea de «escribir» o la de «leer». Los gitanos toman prestado de otras lenguas para describir estas actividades. O también, y es aún más revelador, usan otras palabras romaníes. Chin, o «corte» (como en la talla), significa «escribir». El verbo «leer» es gin, que significa «contar». Pero la expresión habitual es dav opre: dav opre significa «yo entrego», y así la frase puede traducirse «leo en voz alta». No describe el leer para uno mismo; eso no es algo que hagan los gitanos en general. Asimismo, drabarav, una versión de «leo» utilizada por los gitanos macedonios, significa tradicionalmente leer en el sentido específico de leer el destino en la palma de la mano. Y en Albania los gitanos pueden decir gilabav para decir «leo», aunque signifique en principio «canto».
     Un gilabno es un cantor o un lector; un drabarno (o más a menudo un femenino drabarni) es alguien que lee o que adivina el futuro pero también que entiende de hierbas, lo que equivale a curandero. Se trata de innovaciones recientes; muestran lo que el lenguaje escrito significa para un pueblo históricamente analfabeto. (p. 18)

Sin embargo, nuestro amigo Péter Berta, gran conocedor de la cultura gitana centroeuropea, especialmente de Hungría y Rumania, nos dio esta nota complementaria a las palabras de Isabel Fonseca:

En los dialectos romaníes de Rumania el verbo «leer» se encuentra incluso en dos formas. Para atenerse solo al dialecto de los Gábor de Transilvania [un grupo de unos cien mil gitanos sobre los que Péter investiga], está el verbo drabaröl. Por ejemplo: drabaröl e Biblie = Lee la Biblia (el verbo tiene igual raíz que el nombre drab que se usaba en el sentido de «hierba, medicina». En el dialecto Gábor el antiguo sentido se ha ido oscureciendo y ya solo se usa para indicar «leer»). El otro verbo es ginel o djinel, que significa explícitamente «leer». Por ejemplo: zanav aba te ginav = yo ya sé leer (letras, libro). Ginel en ciertos dialectos significa también «numerar», pero muchos dialectos utilizan un verbo distinto para cada actividad.
Nos quedaría por averiguar con más detalle hasta qué punto en los demás dialectos del romaní el ámbito semántico de los términos para «leer» es tal y como explicaba Fonseca. En caló, por ejemplo, hemos encontrado lirenar y nacardelar que, a lo que nos parece, no funcionan exactamente así.


Oh, Señor, ¿adónde debo ir?
¿Qué puedo hacer?
¿Dónde puedo hallar
leyendas y canciones?
No voy hacia el bosque,
ya no encuentro ríos.
¡Oh bosque, padre mío,
mi negro padre!

El tiempo de los gitanos errantes
pasó ya hace mucho. Pero yo les veo,
son alegres,
fuertes y claros como el agua.
La oyes
correr cuando quiere hablar.

Pero la pobre no tiene palabras…

…el agua no mira atrás.
Huye, corre, lejos, allá
donde ya nadie la verá
agua que se va.
Papusza