Tamten Lwów


– «Aquella Lwów»: una expresión que alude a algo lejano en espacio y tiempo, algo desaparecido que sólo habita en la memoria. Es el título de la extensa monografía en ocho tomos que compuso el arquitecto Witold Szolginia, hijo de la parte más lwowiana de Lwów, Łyczaków, y que hasta la expulsión de los polacos en 1945 residió en la Casa del León de Hierro, en el número 137 de la calle Łyczakówski. La obra se publicó entre 1992 y 1997 como culminación de toda una vida dedicada a la arquitectura y al urbanismo de Lwów.

«Witold Szolginia, primus inter pares de los exiliados de Lwów, fue el enciclopedista de la ciudad. Como dijo uno de sus colegas más cercanos Jerzy Janicki: “Absolutamente rebe, investido de infalibilidad papal para cualquier asunto de Lwów. Arbiter leopoliensis en todas las disputas relativas a la zona comprendida entre Łyczaków y Zamarstinow. Archi-Lwowiano y archi-Łyczakowiano.” Poseía una enorme erudición acerca de Lwów, que compartía con todos como el pan. De buena gana respondía a las numerosas llamadas telefónicas de curiosos e interesados por la ciudad, y mantuvo correspondencia incansable con los lwowianos dispersos por Polonia y por todo el mundo. Ciudadano y estudioso de Lwów, “Guardián de la Ciudad y el Cementerio”, como Zbigniew Herbert acertadamente lo llamó en la dedicatoria de uno de sus libros de poesía.» (Andrzej W. Kaczorowski)

La monografía, publicada originalmente por la editorial Sudety de Breslavia (Wroclaw), adonde se trasladó desde Lwów, llevaba mucho tiempo agotada. El año pasado la reeditó Jacek Tokarski, activo editor del pequeño sello Wysoky Zamek de Cracovia, cuyo nombre se refiere al Castillo Alto de Lwów. El primer volumen, que con el subtítulo «El rostro de la ciudad» ofrece una visión general de la estructura urbana de Lwów, salió el verano pasado, justo a tiempo para ser nuestro amable compañero durante el recorrido por Galizia que hicimos en agosto. El segundo volumen nos llegó cruzando las calles, plazas y barrios de la ciudad hace unos días; otra vez con la antelación justa para ayudarnos en la preparación de la primera visita que guiaremos a Lwów esta próxima primavera.

Aquí traducimos unas páginas. Es la introducción de la descripción del barrio judío. Un capítulo que nos resultó especialmente válido para la serie de artículos que escribimos sobre el Lemberik judío a petición de la Asociación Cultural Judía de Hungría y que pronto publicaremos también aquí.


«Vamos ahora a visitar un rincón de Lwów seguramente por completo desconocido o sólo conocido superficialmente, por la mayoría de habitantes de la ciudad. Esta parte de Lwów, para algunos misteriosa y para otros hasta exótica, albergaba el barrio judío del norte de la antigua Lwów, expandido durante siglos a partir de uno de los dos guetos de la ciudad. Sólo a modo de excurso: Lwów tuvo dos guetos, uno urbano dentro de las antiguas murallas y el otro en el suburbio del norte, Krakow. Con el tiempo, este último se fue poblando más y más hasta convertirse en el distrito con una población judía más densa. Todo el mundo puede comprobarlo sin necesidad de visitarlo, basta un vistazo al mapa de Lwów y a los nombres de las calles, locales y plazas. Delatan bien el carácter del barrio y la vida cotidiana de sus habitantes: Antiguo Testamento, la Vieja Fábrica de Queso, Sinagoga, el Macabeo, la Cebolla, el Pescado, el Ganso, el Dragón, Meisel, Bernstein, Sternschuss, Beiser, Kohn, Berek Joselewicz, calles Schleidher y Rappaport, Relojería, plaza del Grano…


Esta zona apenas se visitaba salvo que uno tuviera motivos personales o de negocios. Yo nunca tuve nada particular que hacer ahí, y hasta donde recuerdo lo pisé pocas veces en mi juventud, por curiosidad, para sentir el ambiente de un barrio misterioso.


Trato de reconstruir una memoria que se esfuma. Una vez, a lo largo de la calle Peltewna que cruza el barrio, de golpe, en un momento percibí la síntesis de todo el barrio judío. Mi olfato, siempre sensible a los matices, notó un olorcillo a cebolla estofada y a albañal, mis ojos abarcaron la intrincada red de calles y callejas hirvientes con el ajetreo y el gentío, o más bien con una multitud de figuras negras absortas en sus negocios, sentí en mis oídos un zumbido monótono, propio de una colmena, muy diferente del ruido de las otras calles, incluso de las más cercanas. Y tuve la extraña sensación de que estas gentes que estaba viendo nunca descansaban bajo el techo de sus casas, ni de día ni de noche; desarrollaban aquí afuera toda su vida, en esas calles y aceras embarradas y sinuosas. Por todas partes había gente, en las vallas abiertas, en las entradas oscuras y en los patios soleados, en el mosaico abigarrado de negocios, almacenes, establos, tiendas de comestibles y talleres.



Desde mi primera infancia he sido especialmente sensible a los colores que me rodean, y la sensación fue especialmente intensa aquí en el suburbio de Krakow, entre el rumor de la multitud. Aquella masa que llenaba las calles y callejuelas, portales y patios, yendo arriba y abajo, juntándose y gesticulando ferozmente, se me aparecía, si no de manera uniformemente negra, en cualquier caso en tonos muy oscuros. Sólo ocasionalmente brillaba entre lo oscuro un vestido de color, una camisa o un pañuelo de mujer. Por el contrario, los patios interiores y los pasillos sombríos de los edificios sucios y gastados se llenaban de color. Cuanto más te adentrabas, más intensos se hacían los contrastes, cautivando la mirada con matices brillantes y completamente inarmónicos. Y los colores que faltaban en la ropa de la gente, aquí relucían felices, en la ropa de cama tendida ante las ventanas siempre abiertas, en los pasillos exteriores y en cada piso; y el rojo remolacha de las almohadas se daba casi literalmente de patadas con los manteles y la ropa interior de los colores más insólitos, ostentada al público sin el menor pudor.


Todo el barrio judío comerciaba apasionadamente, terriblemente, a lo largo de cada calle y en el interior de cada patio. Sólo de vez en cuando se interrumpían los tratos para recuperar fuerzas en las pequeñas casas de comida instaladas en los sótanos, de donde emanaba el olor de unos guisos ricamente condimentados, con abundante cebolla y ajo, que impregnaban el aire con una nota de exotismo oriental.


Esta imagen ha cobrado vida otra vez en mi memoria, pero «vida» no es aquí una palabra afortunada, todo murió hace cincuenta años: fue destruido y no volverá. Sin embargo, el abandono y el deterioro ya había hecho de estas calles, pasadizos y casas pobres algo en cierto modo irreal por aquel entonces, hacia fines de los años 30. Baste decir cuán exactamente he podido reconocer ahora todos los detalles al añadir a mi colección de fotos de Lwów algunas otras del barrio judío hechas precisamente en los años 30. En estas fotos del excelente fotógrafo de Lwów, el ingeniero Mieczyslaw Watorski, pude ver muchas de las cosas que ya he comentado. Aquí se ve la intrincada topografía del barrio judío, las estrechas vías oscuras y sinuosas, con sus aceras llenas de socavones, las fachadas desgastadas y el desmoronamiento de las casas con las ventanas ciegas abiertas. Figuras negras en todas las calles, solas o en grupos. A lo largo de las paredes de los edificios, aquí y allá, alguien sentado, con ropas andrajosas, en una postura triste, trágica, petrificada, esperando sin convicción a algún comprador del barrio... En otro sitio, dos figuras pretenden vender un montón de zapatos tan viejos y rotos que hasta los vendedores ambulantes judíos los llamarían despectivamente «harapos».


Y aún hay otras imágenes que parecen sacadas de un reportaje: la zapatería ambulante del polatajko judío, como se le conocía en Lwów, con un aprendiz niño que trata de insuflar un poco de vida nueva a un zapato gastado, tal vez uno de los «harapos» comprados en la acera de la casa vecina... Pero lo más notable es que tanto el vendedor callejero como el barbado anciano judío junto a la zapatería están leyendo unos gruesos libros. ¿Qué contendrían? ¿Era un libro religioso en hebreo, era algo profano en yidis, o se trataba de un libro polaco? Quién sabe. En la siguiente imagen, como podíamos sospechar, aparece la fuente de estas lecturas: una librería callejera en forma de mesa atestada de volúmenes​​. Inclinado sobre ella, otro anciano de aspecto respetable y judía barba gris hojea los tomos.



Así fue el barrio judío de Lwów: no sólo abarrotado, ruidoso y de fuerte espíritu mercantil, también extremadamente pobre y en ruinas. Y también intelectual. De esto hace medio siglo, cuando yo a veces lo visitaba. Agradezco al ingeniero Watorski sus fotos magistrales que ahora resucitan para mí un lugar y unas gentes desaparecidas hace tiempo.»