Teleféricos


El teleférico fue un elemento característico y muy apreciado por el turismo de la antigua Unión Soviética. Cuando una montaña se alzaba al lado de un centro turístico popular, más pronto o más tarde se acababa instalando allí un teleférico, aquel gran símbolo de la industria soviética que proporcionaba al mismo tiempo una sensación de dominio de la naturaleza, la ilusión de la existencia de bienes de consumo para el pueblo y algo así como un tolerado misticismo material. En Yalta se construyeron incluso dos, y nosotros vamos a utilizarlos. El primero permite a los turistas volar hasta Ay-Petri, la montaña de San Pedro, elevándose a 1.200 metros de altura desde la orilla misma del mar y ofreciendo una perspectiva vertiginosa de la ciudad. El segundo, el teleférico que lleva directamente desde el corso a la colina de Darsan, en medio de la ciudad, fue el decorado de la escena clave de Assa (1989), la película de culto del cambio del régimen soviético: al subirse a él, los amantes se elevan también por encima de la realidad soviética asfixiante y de sus propios miedos, con la canción más sugerente de los años 80, La Ciudad Dorada –acerca de la cual hemos escrito en detalle–, sonando de fondo. Para los primeros espectadores de Assa ir en aquellas desvencijadas telecabinas también significaba un viaje en el tiempo: durante más de veinticinco años apenas había cambiado nada en aquel escenario, tal vez sólo el nuevo dorado de las cúpulas de la catedral Alexander Nevsky.


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Akvarium: Город золотой (Ciudad dorada). Mosfilm no permite desde hace poco insertar este vídeo, pero tenéis que escuchar necesariamente esta canción junto con el vídeo tomado del film. Ved aquí la letra y su traducción.

Sin embargo, el logro más espectacular del teleférico soviético está ligado a una ciudad que no es en absoluto de oro, que en aquellos momentos no conocía el turismo y a la que aún hoy no es fácil llegar. La ciudad de Chiatura en la región de Imereti, en Georgia, era por entonces la principal fuente de producción de manganeso, no sólo de la Unión Soviética, sino de todo el mundo. El angosto interior de la ciudad, situada en un profundo cañón, está completamente ocupado por la mina de manganeso y por un centro construido en el mejor estilo barroco estalinista, por lo que los trabajadores que habitan en los bloques socialistas edificados en la cima de los acantilados debían ser transportados arriba y abajo por una intrincada red de tranvías aéreos. Diecisiete de las líneas de transporte por cable de la época siguen funcionando, ofreciendo al visitante una imagen de fuerte simbolismo post-apocalíptico de la industria soviética que sus constructores, en el apogeo de la minería de manganeso, no podían obviamente imaginar. Un reportaje apareció en el Livejournal ruso, pero las fotos del excelente fotógrafo neozelandés Amos Chapple, publicadas hace pocos días en The Atlantic, enfatizan con mayor dramatismo esta dimensión.


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Curiosamente, justo al lado de Chiatura funciona un aparato que destaca el otro valor simbólico del teleférico soviético, la experiencia de elevación metafórica derivada de una ascensión física. El aspecto romántico de la peña de Katskhi invita a consideraciones sublimes, por lo que no es de extrañar que el Padre Maxime, de adolescente –«cuando solía beber con los amigos en las montañas de por aquí»–, ya anhelara vivir algún día en su cima como un estilita solitario. Después de largas idas y venidas –«bebía, vendía droga, de todo»– finalmente logró realizar su sueño. Las necesidades del cuerpo quedan cubiertas por una celda acogedora y por las provisiones que le llegan regularmente a través del teleférico, enviadas por los monjes del monasterio de abajo. Y el nivel constante de elevación espiritual debe garantizárselo esta vista única. «Es aquí arriba en el silencio donde se puede sentir la presencia de Dios», señala el Padre Maxime plenamente satisfecho y adoptando un laconismo místico. Pero la administración nacional de turismo de Georgia, a fin de extender tamañas experiencias espirituales a un posible gran público, planea construir otro teleférico para el transporte de pasajeros desde el valle hasta la ermita en lo alto del risco.

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Estas fotos también son de Amos Chapple. Pero hay unas buenas series de la peña y la ermita en algunos blogs rusos como masterok o cyxymi. Y el anónimo autor del blog de travelgeorgia.ru llegó incluso a reunirse con el Padre Maxime, que a veces desciende al monasterio para permitirse un rato de vida social:

«Cuando llegué al monasterio, me ofrecieron gachas de trigo sarraceno y tres vasos de vino «Odessa», y me dijeron que en cualquier momento que deseara establecerme allí de manera permanente, siempre sería bienvenido. Y de golpe apareció el Padre Maxime, cuyo retrato de aquí abajo conseguí capturar para la historia. Me hizo dos o tres preguntas corteses. Y entonces ocurrió algo muy extraño. Recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida. Dos chicos me acompañaron y en la puerta me dieron 10 laris (unos 5 dólares). "El Padre Maxime nos pidió que se los diéramos", dijeron.

Misterio. De buena gana habría charlado un poco con él sobre este viaje largo y terrible. Pero al final no lo hice. Desde su punto de vista yo debía ser tan sólo un turista banal con una gran cámara».