El tesoro de los judíos


En Cerdeña, en el casco antiguo de la bilingüe Alghero / Alguer, las denominaciones callejeras respetan la convivencia. Los nombres, sin embargo, no son meras traducciones. Hablan de mundos muy diferentes. Los nombres italianos son los usuales signos unificadores del nacionalismo italiano que vemos en todas las ciudades del país: los lugares simbólicos y los héroes que articularon esta nación hace ciento cincuenta años. Los rótulos catalanes, en cambio, mantienen los habituales nombres medievales de una ciudad introspectiva: santos, advocaciones, monumentos históricos locales, huellas de la historia propia. La Calle de Carlos Alberto, rey de Cerdeña y Piamonte, por ejemplo, es en catalán la de San Francisco; la del garibaldino Ardoino es la Calle del Correo Viejo; Vía Roma es, en un extremo, la Calle de Santa Ana y en el otro la de las Escaleras del Campanario; la Plaza de los Ciudadanos es la Plaza del Pozo Viejo y la calle del político italiano Manno es en catalán la del cementerio.

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La calle con el nombre del héroe de la Primera Guerra Mundial Giuseppe Bertolotti es en catalán el Carreró dels Hebreus (seguramente denominada antes, más directamente, «dels jueus»), Calle de los Judíos. Y esto en una ciudad donde no ha habido judíos desde hace más de quinientos años.


También hay otra plaza en el casco antiguo cuyo nombre es el mismo en ambos idiomas. Al no estar traducida al italiano los forasteros no deben entenderlo del todo, y sí los hablantes locales de catalán: Piazza / Plaça de la Juharia – la Plaza de la Judería.


La memoria local guarda en los onomástica de las calles el recuerdo de los judíos expulsados en 1492.

Hasta las armas que protegen los bastiones del puerto son de dos tipos. Arriba, una del reino de Italia, abajo otra propia de los catalanes.


Los primeros asentamientos judíos importantes, al igual que en Mallorca, se fraguaron en l’Alguer con la conquista catalana, una parte como inversores o financieros y otra como soldados. En 1353, cuando Pedro IV de Aragón se decidió a poner fin a una disputa de siglos de antigüedad y conquistar Cerdeña a los genoveses, suscribió primero un importante préstamo con los banqueros judíos de Cataluña, prometiendo recompensarles con posesiones en la isla una vez conquistada. Su ejército también incluía un buen número de soldados judíos que –al igual que hizo Jaime I en Mallorca– fueron gratificados ​​por sus servicios con propiedades en l’Alguer. Los documentos conservados mencionan unos veinticinco nombres: Salamón y Jucef d’Alcatraz, de Castilla, Murduto y Maymone Seciliano, Vital Codonyo y Jucef con sus hijos, de Sicilia, Isach Levi, Jahudano Ataf, Mosse Exalo, Isach Sucra y Abram Sanoga de Lleida, Mosse Amarello, Mosse Avempu, Samuel Botrom, Abraham y David Soriano de Calatayud, un cierto Samuel de Segorbe, Isach Merdona, de Mallorca, Janton Gabay, de Zaragoza, Haim Crespin, de Toledo, Samuel Juceff y David, de la valenciana Jérica, Jucef Salamonis Argillet, de Girona. Abrahim Abenxeha donó dos caballos acorazados para el asedio de la fortaleza, por lo que recibió una generosa recompensa. Ferrario de Santa Cruz fue pagado con un caballo armado después del sitio. Salamón Scarpa luchó por mantener su vida: había sido condenado a muerte por asesinato en Cataluña y se unió al ejército para obtener la amnistía prometida a los participantes en la campaña.

A los primeros colonos judíos se les entregó una parcela en el «cuerno» norte de la ciudad vieja, que se conocerá desde entonces como el barrio judío –aljama, judería o juharia–. Pero a diferencia de los guetos, más tarde no iban a rodearlo de muros. Se separaba de la ciudad cristiana tan solo por una calle ancha que desde la Edad Media se llama Plaza del Pozo Viejo porque justo aquí, entre los dos barrios, estaba el pozo público de la ciudad.




Los habitantes del barrio judío gozaron al principio del derecho a autoadministrarse. Era el kahal, que en catalán se transforma en call. La comunidad estaba encabezada por tres secretarios electos o nemanim, que recaudaban los impuestos y mantenían contactos con las autoridades reales. El kahal también tenía jurisdicción sobre los asuntos disciplinarios propios. En 1408, por ejemplo, como Eliezer ben David relata en una entrega de 1937 de La rassegna mensile di Israel, convocaron a un judío que había participado en una partida ilegal de dados. La parte peliaguda fue que su oponente en el juego había sido nada menos que el mismo rey de Aragón durante una visita que giró a la isla. Y el judío había ganado 160 florines de oro. Para salvarse le pidió al rey que le firmara una declaración de que él le había obligado a jugar bajo pena de muerte. El caso acabó ante el rabino Bonjua Bondavin, un médico oriundo de Marsella y la autoridad judía más alta de Cerdeña, cuya sentencia fue que en verdadero arrepentimiento el acusado debía ceder las ganancias para el ornamento de la sinagoga. Al final, el jugador prefirió aceptar la excomunión y guardar para sí los ciento sesenta florines de oro.

Los archivos del kahal se dispersaron con la expulsión de 1492, por lo que nuestras principales fuentes sobre la vida de los judíos son los registros de propiedad real y los documentos de los pleitos. Con ellos sabemos que los propietarios de las parcelas fueron principalmente comerciantes con una red de contactos que cubría toda la isla, la Península Ibérica y África del Norte, así como prestamistas, médicos, artesanos y soldados. Un médico especialmente prominente fue Eahim de Chipre, que escribió un libro sobre las plantas medicinales de Cerdeña y otro sobre el clima de la isla. En la década de 1370 una gran cantidad de nuevos compradores de tierras se registran desde el sur de Francia a raíz de las persecuciones de judíos allí habidas. A inicios de la década de 1400, una tercera ola llega de Provenza, incluyendo algunos linajes muy ricos, como los Bellcaire, Lunell y Carcassona. Unos documentos legales de 1.376 mencionan al rico comerciante Jacob Bessach, que hirió al barbero cristiano Pietro Seguert con una espada. En 1381 el mismo comerciante y su mujer venden una parcela de tierra para el kahal a fin de que se construya una sinagoga. Y en 1448 la sinagoga necesitará una ampliación pues ya vivían allí más de 700 familias judías.

El único documento procedente del kahal de l’Alguer, que se ha conservado encuadernado es la ketubbah, carta de matrimonio dada por Shelomo ben Zarch, de Carcassona, a Bella bat Merwanha ha-Sheniri en el sexto día del mes de Shevat en 5216, es decir, el 9 de enero de 1456 «en la ciudad de Alguer, a orillas del mar». El novio promete a la novia que «… te cuidaré, enterraré y alimentaré según la costumbre de los judíos». Por esta cláusula, Bella seguía siendo dueña de la totalidad de su dote, como era costumbre entre los judíos de Aragón. El documento, analizado en detalle por Amira Meir en la edición de 2009 de Materia Giudaica ha sido incluido también en the World Digital Library.


El jefe de la rica familia de los Carcassona, Samuele, llegó en 1422 de Provenza a l’Alguer, donde de inmediato se convirtió en secretario del call y encargado de los tratos reales. Sus hijos Maimone, Moisse, Zarquillo (Zarch, el padre del novio antes mencionado) y Salomone (Nin) todos ocuparon altos cargos, tanto en la comunidad como en la administración real. Construyeron su residencia en la calle principal del barrio judío, la de San Erasmo. Un palacio tan lujoso que Fernando el Católico escribió al virrey de Cerdeña –antes de la publicación del decreto de expulsión de los judíos– que la casa de «Nin de Carcassona» se ha de reservar para él como alojamiento real:

“…que la casa del Nin de Carcassona se reserve segons nos ab aquesta la reservam per abitacio real.”

El palacio sigue en pie y sigue siendo la casa más grande del barrio. Sus ventanas góticas están tapiadas y decoradas con esgrafiados Art Nouveau, pero su puerta arqueada es tardomedieval, al igual que la cara de sorpresa que aflora en la fachada del edificio. Hoy en día alberga el «Restaurante O» del chef Eoghain O’Neill, así que aún recibe huéspedes como en el momento de los Carcassona.

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En 1492, la orden de expulsión no llegó inesperadamente para los judíos de Cerdeña. El decreto real de 31 de marzo fue promulgado en Cerdeña el 28 de septiembre, por lo que los Judíos bien informados tuvieron tiempo de escapar con sus bienes muebles. El último judío abandonó la isla el 16 de diciembre. Sin embargo, muchos de ellos se convirtieron a la fe cristiana para permanecer allí. Como marranos iban a tener problemas con la Inquisición hasta generaciones después. Así le pasó a Antonio Angelo de Carcassona que, ordenado sacerdote, fue convocado ante el tribunal en 1580 porque predicó desde el púlpito –en total consonancia con la carta de san Pablo a los romanos– la cualidad de elegido del pueblo judío. Se consideró circunstancia agravante que muchos de sus parientes huidos al extranjero habían regresado al judaísmo, como su hermano, rabino de Cracovia. Elio Moncelsi en su libro Ebrei in Sardegna (2012) ha recogido más de doscientos apellidos de origen judío todavía vivos en la isla. Un judío local convertido fue aquel intérprete de Colón, Luis de Torres, que en el Nuevo Mundo se dirigió a los indios en primer lugar en hebreo, sospechando que fueran los descendientes de las diez tribus perdidas.

La sinagoga se convirtió en iglesia, con la advocación delicadamente expresa a la Santa Cruz, por haber tenido los judíos algo que ver en ello. Cerca de la iglesia se construyó en 1641 el convento e iglesia de Santa Clara, de la orden de las Isabelinas, es decir, las clarisas reformadas. Al disolverse la orden en 1855, el convento fue convertido en hospital, que en 1902 también integró la Iglesia de la Santa Cruz. En 1909 la iglesia fue finalmente derribada y todo el hospital reconstruido como Ospedale Marino «Regina Margherita». Hoy en día solo el nombre de la pequeña plazuela delante del edificio recuerda a la antigua Chiesa de la Santa Croce / Esglèsia de la Santa Creu.

El barrio judío en el mapa de 1870 de l’Alguer de C. G. Gerenzani. La B marca la iglesia de Santa Cruz, la C la de las clarisas, y la I el hospital. Del blog sobre el antiguo hospital.

En el siglo XIX, el fantasma de los judíos regresó de nuevo a la antigua sinagoga. En 1820 se difundió la noticia de que los judíos exiliados habían enterrado sus tesoros, lu sidaru, como dicen en sardo, en la sinagoga antes de salir de la isla. La noticia vino de Cià Crara, tenida por bruja y que en varias ocasiones había visto en sueños al diablo en la iglesia de la Santa Croce, sin duda protegiendo el tesoro. Este caso muestra a la vez que, no sólo los nombres de las calles, sino también la memoria colectiva conservaba claramente la presencia de los judíos pasados más de tres siglos desde su expulsión. El ilustrado gobierno sardo-piamontés se tomó la noticia en serio y nombró un comité para excavar la iglesia. Como era de esperar, no sacaron nada.

En 1847 volvieron a excavar. Esta vez, el párroco y tres ayudantes constituyeron una pequeña sociedad secreta a la que luego se unieron dos médicos de la ciudad. El secreto de la compañía lo demuestra el que un poema satírico empezó a correr de inmediato por las calles –lo publicó La Iŀlustració catalana unos treinta años más tarde–. Al parecer, antes del inicio de las excavaciones alguien –tal vez el propio autor–  dejó enterrada por burla una pequeña caja de hierro con un libro dentro, en alemán, sin valor alguno. Los buscadores de tesoros lo encontraron y creyeron que Dios se dirigía a ellos por medio de este libro, escrito en un lenguaje desconocido, para indicarles dónde estaba el tesoro. Buscaron a alguien que pudiera descifrar aquella lengua misteriosa y encontraron a Ferrandino Simó, el tonto del pueblo, que dijo que el libro estaba escrito en idioma mussulmà y contenía consejos preciosos sobre cómo deshacerse de la mosca blanca, y cómo curar una pierna torcida, una cabeza vacía y a quien hable en francés. El libro, termina el poema, aún lo muestra a los extranjeros, a la puerta de la ciudad, «el hijo de Chichu Piga», en el original junto con la traducción.

Desde entonces, nadie ha buscado el tesoro de los judíos en l’Alguer, pero lu sideru pasó a formar parte del folklore de la ciudad. La última excavación arqueológica en el lugar de la Santa Croce fue en 1997-1998, y aparte de las huellas de la antigua búsqueda del tesoro, salieron a luz los restos de la sinagoga y de la mikve.

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El antiguo hospital es ahora, en una parte, una biblioteca pública y en otra el departamento de arquitectura y diseño urbano. Los elementos de estilo del Oriente Medio adoptados en la reconstrucción moderna sugieren que alguna atención se ha prestado a la tradición judía del lugar. En el patio del edificio, abierto al mar, frente a la emocionante composición de la escalera exterior, se expone el fragmento de un viejo muro del antiguo barrio judío casi como si se tratara de una escultura. Y en la pared del edificio una placa recuerda la memoria de la antigua juharia.


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El Carreró dels Hebreus, la calle judía que parte de la plaza de la Santa Croce está flanqueado por alegres macetas improvisadas en botellas de plástico recortadas, mostrando la creatividad de los residentes. El yeso se ha renovado un par de veces en los últimos quinientos años, pero allí donde falta afloran las piedras talladas medievales frente a las que los antiguos habitantes judíos paseaban cada día. La calle asciende por una empinada rampa al paseo marítimo, en la antigua Puerta Marina, cuya protección fue una vez responsabilidad de los judíos. Sobre la puerta del bastión de San Telmo queda actualmente la última mujer judía que permaneció en la ciudad, la Virgen María mirando al puerto.



Elena Ledda: Duru duru Deus Adonai. Música sarda urbana que también conserva melodías y textos sefardíes

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Por la Calle del Hospital –en catalán, Calle de las Monjas– volvemos a la plaza del Pozo Viejo, frontera de la judería. Al otro lado de la plaza, o mero ensanche de la vía, se encuentra la Catedral. A este lado, una casa medieval en ruinas. El muro, que apenas llega a la rodilla, lo cubre un arbusto de flores azules fragantes. Alguien, como en los cementerios judíos, ha colocado respetuosamente una piedra sobre los restos de la pared.