Cabras, lagartos, conejos y la Historia de la Humanidad

El día en que Wang Wei, después de dos veranos, decide volver a Cabrera, el cielo de agosto, siempre deslumbrante, amanece con una tenue gasa de nubes. Durante todo el año, Cabrera aparece y se vela, se muestra un día y se oculta otro. Para quien la contempla desde el campanario de Ses Salines, las arenas de S’Avall o el puertecito de S’Estanyol, en la proa del sur de Mallorca, es una silueta definida y clara o, alternativamente, un manchón de bruma que se diluyera en el aire. Ni demasiado cerca como para una visita facilona, ni tan lejos que exija la reverencia de una expedición. Esta madrugada Wang Wei la ve nítida pero entre un cielo y un mar con veladuras grises.


A media mañana, llegando a Cabrera, ha vuelto la luz dura y calcárea. Wang Wei sosiega los ojos en el mar y, como siempre al acercarse allí, no puede evitar pensar no tanto en la naturaleza, a la que está consagrada hoy la isla y sus aguas, sino en la historia (id a este catálogo de los yacimientos arqueológicos; solo en noviembre pasado se sacaron a luz los restos del monasterio bizantino y de las cabañas de los atormentados prisioneros franceses). Wang Wei tiene ahora ante los ojos un trozo de tierra que la historia ha cruzado con toda su fuerza –y a veces con la violencia más cruda– y, sin embargo, no se ve apenas nada más que la tierra misma, los pinos, las sabinas, las rocas, el polvo, la soledad de un mar azul y de un cielo rabiosamente puro. Wang Wei nota el sabor de la sal en los labios.


Wang Wei ha leído este verano varios libros de gente vinculada a Cabrera. Parece que desde hace poco algunos han decidido hablar de su vida allá. Primero leyó la biografía de Francisca Sunyer, que Wang Wei recomienda vivamente, Viure a Cabrera: una illa feta a mida (Palma: Editorial Moll, 1993); y la semana pasada el último libro que acaba de aparecer, políticamente mucho más beligerante y con testimonios que aún hoy pueden resultar dolorosos: Joan Rigo, Els de Cabrera (1936-1946): el testimoni de Jeroni Bonet "De Cabrera" (Palma: Documenta Balear, 2008).

Batiendo habas en 1968

Pero en la abundante bibliografía anterior sobre la isla había alguna cosa divertida. Por ejemplo, Joaquín M. Bover escribió: Cabrera. Sucesos de su historia que tienen relación con la de Francia (Palma: Felipe Guasp, 1847). Este Joaquín María Bover y Rosselló (Caballero de la Ínclita Orden de Jerusalén en la Veneranda lengua de Aragón, entre los Arcades de Roma Cleandro Lirceo, Individuo de la Real Academia de la Historia... y un montón de cosas más con las que gustaba adornar su nombre) seguramente quiso con este libro dar cauce a una sensación similar a la que atenaza a Wang Wei cuando se acerca al subarchipiélago. Pero se le fue la mano. Leyendo el opúsculo, casi emociona ver al bueno de Bover descubriendo el Mediterráneo; es decir, su Mediterráneo particular e insólito. Con los poquísimos datos históricos que manejaba (y no se preocupó en buscar demasiado) puso en pie un estudio fabuloso describiendo la isla poco menos que como la cuna de la civilización occidental.

—¡Pobre Cabrera!, exclama Wang Wei. Menos mal que al poco de publicarse esta obra un grupo de amigos de buen humor decidieron poner las cosas en su sitio con una obra de contraataque que es una lástima que casi nadie conozca. José María Quadrado (en la foto), junto con sus amigos Guillermo Forteza, José Rocaberti de Dameto, Tomás Aguiló y Antonio Montis, Marqués de la Bastida, que se reunían cada martes en casa de don José Quint Zaforteza y Togores en maledicente tertulia, se animaron a superar a Bover en su propio terreno y escribieron el agudo librito: Historia de la Dragonera en sus relaciones con la civilización europea (Palma: Imprenta de don Esteban Trías, 1848). Todo un despliegue de erudición bombástica e ingenio desatado, así como de uso masivo de aquella inconfundible verbosidad decimonónica, campanuda, sometida aquí a doble hervor. Si Cabrera es la cuna de la civilización, Dragonera, menor y menos favorecida en la realidad, es en la pluma de estos amigos la cifra misma del Universo entero. Wang Wei piensa que esta obra merece algo más de atención. Sobre todo porque contiene buenas dosis de antídoto contra los abusos del historicismo nacionalista. Y las pullas contra Bover, todo hay que decirlo, a veces costaban caras. Por ejemplo, el editor de la publicación antiboveriana El tío Tararira fue condenado en 1849 «a 24 meses de destierro de la Ciudad de Palma y radio de 5 leguas de la misma, a la multa de 100 duros, a la suspensión de todo cargo o derecho político durante el tiempo de la condena, y a las costas procesales y gastos ocasionados por el juicio» (lo dice, muy contento, el propio Bover en su Diccionario bibliográfico de las publicaciones periódicas de las Baleares, Palma: Imp. de V. de Villalonga, 1862).

Muchos han tenido esta sensación inquietante en Cabrera. Vedlo en el reportaje que, por estas mismas fechas del año pasado hizo el escritor Juan Cruz visitando Cabrera de la mano del historiador Carlos Garrido. Ved como no se trata de aquel «el horror» pronunciado por Kurtz en El corazón de las tinieblas, sino de «el yuyu», quizá más doméstico pero igualmente difícil de definir.

Y no consiguió ahuyentar este «yuyu» (Wang Wei piensa que, al contrario, lo aumentó) el proyecto jamás realizado de urbanizar la isla en los años 40 del siglo pasado. Este sorprendente texto, un gran documento de civilización, está en el celler hoy rehabilitado como pequeño museo desde donde está tomada la foto de más abajo (nunca se llegó tampoco a explotar la viña en serio):
Terrenos en venta a plazos para edificar chalets, los hay construidos desde 10.000 pesetas- con 300 metros de terreno.
No hay policía, ni guardia civil [no puedo leer esto, pero debe ser una adversativa del tipo «aunque»] ¡Ay del delincuente! Es transportado por una bala de cañón a la Isla de Mallorca, donde sus despojos palpitantes son enterrados sin dilación. Tampoco hay pompas fúnebres, ni nada que entristezca nuestro ánimo – Un cementerio alegre y coquetón bien orientado permite asegurarse un reposo eterno con vistas al mar con la más sobria placidez. R.I.P.
El intelectual, el filósofo, el científico, el artista en todas sus manifestaciones, son [serán] junto con el hastiado del mundo y sus boatos, los futuros habitantes de esta isla sin igual.

Para completar el recorrido por la densa historia de las islas que rodean a Mallorca, Wang Wei guarda en la retina las imágenes de esta otra: es la Conejera, en la cadena de islotes que jalonan el canal entre Mallorca y Cabrera. Como todo el mundo sabe, a mediados del siglo III a. de C. nació en ella nada menos que Aníbal, el cartaginés, hijo de Amílcar y de una mujer íbera. En la isla había algo de agua dulce y para una nave en tránsito siempre era mejor aprovisionarse allí que arriesgarse a recibir la pedrada de un hondero en las costas mallorquinas. Wang Wei piensa proponer a Pei Di escribir juntos la Historia Universal de Conejera para acabar de aclarar este y otros puntos que no pueden permanecer más tiempo ignorados.


2 comentarios:

Julia D'Onofrio dijo...

ALEGRÍA por la buena experiencia de los queridos amigos, INTERÉS cultural, REGOCIJO por la naturaleza, ENCANTO por conocer algo nuevo, ADMIRACIÓN por el texto tan bien armado... pero no hay caso sobre todo esto prima la ENVIDIA! Sin remedio. Leí varios de los links que aparecen en la entrada y cada vez me dan más ganas de conocer el lugar.

Para redimirme un poco de mis malos sentimientos, sepan Pei Di y Wang Wei que, si les gustan los paseos náuticos, están formalmente invitados a navegar por el Rio de la Plata cuando visiten Buenos Aires.

Studiolum dijo...

Mil gracias, Julia.Te tomamos la palabra. Pei Di y Wang Wei somos grandes navegantes, ni lo dudes. Con una tabla, un palo y una camisa atada a fuer de vela, llegamos a Buenos Aires doblando antes el Cabo de Buena Esperanza, haciendo escala en la Isla de Pascua, parando a saludar a los viejos amigos de Ushuaia y subiendo hasta Río de la Plata sin parpadear. La invitación está, pues, aceptada; y es recíproca para ti: tanto para surcar la aguas baleares como el incomparablemente más "histórico" (aquí no hay bromas) Danubio. ¡Seguro que habrá ocasión!