El aromo


Hablábamos hace poco de la ejemplaridad de una flor. Días después, con el espíritu atento a las enseñanzas del mundo natural, descubrí una preciosa versión de “El aromo” en un disco de Soledad Villamil (una actriz que me gusta mucho y que además de actuar, canta). Esta milonga es una colaboración entre Atahualpa Yupanqui y el poeta uruguayo Romildo Risso, con quien compuso también “Los ejes de mi carreta” (que el oído atento de Tamás inmediatamente descubrió semejantes).


“Soledad Villamil Canta” (Sony Music 2007)

El Aromo
(milonga)
Romildo Risso - Atahualpa Yupanqui.

Hay un aromo nacido
en la grieta de una piedra.
Parece que la rompió
pa’ salir de adentro de ella.

Está en un alto pela’o,
no tiene ni un yuyo cerca,
Viéndolo solo y florido
Tuito el monte lo envidea.

Lo miran a la distancia
árboles y enredaderas,
diciéndose con rencor:
“¡Pa uno solo, cuánta tierra!”

En oro le ofrece al sol
pagar la luz que le presta.
Y como tiene de más,
puña’os por el suelo siembra.

Salud, plata y alegría,
tuito al aromo, la suebra
Asegún ven los demás
dende el lugar que lo observan.

Pero hay que dir y fijarse
como lo estruja la piedra.
Fijarse que es un martirio
la vida que le envidean.

Que en ese rajón, el árbol nació
por su mala estrella.
y en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas…

Como no tiene reparo,
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan
L’agua pasa y no se queda.

Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.

Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas.

¡Eso habrían de envidiarle
los otros, si lo supieran!

Como lamentablemente me sucede con tantas obras de Yupanqui, no conocía esta milonga. Pero no nos lamentemos, la suerte es haberlo hallado, más tarde o más temprano. Tal vez es cierto que algunos tesoros se encuentran cuando podemos verdaderamente apreciarlos y esta canción debe ser uno de ellos.

La elocuente imagen de este aromo, hierático y solitario, que lucha por hacerse un lugar en la hendidura de la piedra me hizo recordar alguna araucaria que había visto hacía poco en Neuquén.


Pero especialmente me conmovió el conflicto de miradas e intereses que se juegan en la canción de manera tan poética y precisa. La envidia de los demás que ven al aromo triunfante y glorioso –como muchas veces nos sucede observando las vidas ajenas desde afuera– y la verdad del árbol que se sacrifica y lucha para hacer lo mejor posible en el lugar que le ha tocado en suerte.

De inmediato esta canción trae a la memoria la oda de Machado (ligada indisolublemente al canto de Serrat) a un olmo viejo del Duero.


Ya que Julia mencionó “Los ejes de mi carreta”, permítasenos incluirla aquí. Ha sido mi canción favorita de Atahualpa Yupanqui desde que Wang Wei me la mostró hace varios años. Cada vez que la escucho, veo al indio viejo que fue perdiendo todo lo que amaba en su vida hasta quedarse con una sola compañía, el chirrido de las ruedas.



Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao
por que no engraso los ejes
me llaman abandonao…
Si a mí gusta que suenen
¿Pa’ qué los quiero engrasar?
Si a mí me gusta que suenen
¿Pa’ qué los quiero engrasar?

Es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella.
Es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
demasiado largo el camino
sin nada que me entretenga

No necesito silencio.
Yo no tengo en qué pensar.
No necesito silencio.
Yo no tengo en qué pensar.
Tenía, pero hace tiempo,
ahura ya no pienso mas.
Tenía, pero hace tiempo
ahura ya no pienso mas

Los ejes de mi carreta
nunca los voy a engrasar

Atahualpa Yupanqui, 1908-2008