Cambises

Sahra al-Beida, el Desierto Blanco al atardecer

Cuenta Heródoto que Cambises II, hijo del gran Ciro, hombre inclinado a los excesos y fácil para la vesania asesina y para el sacrilegio, y finalmente entregado a la enajenación mental («se dice, en efecto, que Cambises padeció de nacimiento una grave enfermedad que llaman algunos mal sagrado; ciertamente no es increíble que padeciendo el cuerpo grave enfermedad, tampoco estuviese sana la mente» 3.33), cometió hacia el fin de sus días una de las mayores locuras. Envió un ejército de 50.000 hombres contra el templo de Amón en Siwa, al noroeste del imponente Gran Mar de Arena líbico. Allá los mandó sin apenas provisiones ni pertrechos. Heródoto apunta varias versiones de la trágica historia. Puede que esta sea cierta, aunque nunca se encontró rastro fehaciente de los hombres devorados por el desierto:


Consta que llegaron hasta la ciudad de Oasis (que ocupan los samios, originarios, según se dice, de la tribu escrionia), distante de Tebas siete jornadas de camino a través del arenal; esta región se llama en lengua griega Isla de los Bienaventurados. Hasta este paraje es fama que llegó el ejército; pero desde aquí, como no sean los mismos amonios o los que de ellos lo oyeron, ningún otro lo sabe: pues ni llegó a los amonios ni regresó. Los mismos amonios cuentan lo que sigue: una vez partidos de esa ciudad de Oasis avanzaban contra su país por el arenal; y al llegar a medio camino, más o menos, entre su tierra y Oasis mientras tomaban el desayuno [un poco antes ha contado Heródoto otra versión en que los soldados hambrientos echaban suertes para devorar a uno de cada diez], sopló un viento Sur, fuerte y repentino que, arrastrando remolinos de arena, les sepultó, y de este modo desaparecieron. Así cuentan los amonios que pasó con este ejército (Heródoto, 3.26)


Hace poco, en noviembre del año pasado, un equipo de investigadores italianos anunciaba —parece que de manera no del todo acreditada— el hallazgo en un valle de los huesos mondos de aquellos desventurados. Huesos, como se aprecia en este vídeo, sí que los hay. Aquí sin duda ha muerto gente. Pero no es fácil demostrar que sea el ejército perdido de Cambises.



Heródoto, hablando de otro asunto, nos da una curiosa pista para averiguar si los huesos son de persas o de egipcios, y no parece que los modernos investigadores hayan tenido en cuenta su sabiduría:
Instruido por los egipcios, observé una gran maravilla. Los huesos de los que cayeron en la batalla están en montones, aparte unos de otros (pues los huesos de los persas están aparte, tal como fueron apartados en un comienzo, y en el otro lado están los de los egipcios). Los cráneos de los persas son tan endebles que si quieres tirarles un guijarro, los pasarás de parte a parte; pero los de los egipcios son tan recios que golpeándolos con una piedra apenas podrás romperlos. Daban de esto la siguiente causa, y me persuadieron fácilmente: que desde muy niños, los egipcios se rapan la cabeza, con lo cual el hueso se espesa al sol. Y esto mismo es la causa de que no sean calvos, ya que en Egipto se ven menos calvos que en ninguna parte; y esta es la causa también de tener recio el cráneo. En cambio la causa de tener los persas endeble el cráneo es esta: porque desde un comienzo lo tiene a la sombra, cubierto con el bonete de fieltro llamado tiara (3.12)


Nosotros celebramos la Semana Santa sumergiéndonos en el inmenso Desierto Occidental egipcio, transitando desde El Cairo hasta Abu Simbel por los oasis de Bahariya, Farafra, Dakhla y Al-Kharga.

Luna llena en el Desierto Blanco


Hablaremos del periplo estos días. Desde el pequeño oasis de Abu Minqar, hacia poniente se otea la implacable ruta —o su ausencia— en la que desaparecieron los 50.000 soldados de Cambises. Justo aquí brota el milagro de una última fuente de aguas rojizas, un grueso caudal de agua caliente en el que no pudimos evitar zambullirnos con todo respeto, compartiendo nuestro baño lustral con las abluciones del puñado de habitantes del oasis.

Aguas ferruginosas en la fuente de Abu Minqar. El chorro sale a unos 40ºC

En efecto, ahí debajo está Wang Wei en cuerpo y alma, con todo el desierto alrededor