La herencia de un pueblo


A Béla Hernai, el maestro de Véménd, le hizo fotógrafo la guerra. Vivía en el pueblo desde 1905 y ya antes debía poseer una cámara. Fue en 1916 cuando la primera familia de la localidad le solicitó que les sacara una foto para mandarla al marido en el frente. Los setecientos negativos en placas de vidrio que guardaría después en el ático y han acabado en el Museo Janus Pannonius de Pécs son de los años comprendidos entre 1916 y 1920. Durante este tiempo, muchas familias de Véménd y de los pueblos vecinos, alemanes, húngaros, serbios, fueron a fotografiarse, en pose solemne, bajo el porche de la casa del maestro con sus maridos e hijos que marchaban a las armas o volvían a casa. Fotos para quienes permanecían en el hogar o para los ausentes que servían en el ejército, muy lejos. Pero también fotografió a los prisioneros de guerra rusos que trabajaban en la zona; y después a los soldados del ejército serbio de ocupación, y a todo el que quiso utilizar los servicios de su estudio improvisado. A través de estas setecientas imágenes, el pueblo entra de golpe en la historia, limpiamente iluminado por una documentación minuciosa que deja ante nuestros ojos una imagen profunda de sí mismo. Y lo hace justo momentos antes de que aquella sociedad tradicional se desvaneciera por completo.

“Erzsébet Mausz con un niño. Emigraron a Canadá”

Véménd / Wemend / Vemen, al sur de Hungría, cerca de Mohács y de la frontera serbia posterior a 1920, fue fundada por los serbios que venían huyendo desde el sur tras la destrucción otomana de 1690, y en 1748 su población se incrementó con la llegada de colonos alemanes. Familias húngaras y judías se asentaron posteriormente en la aldea, y gitanos de habla rumana provenientes de los bosques del sur formaron su barrio gitano. En 1900 vivían 1.882 alemanes, 255 serbios y 105 habitantes de habla húngara; había escuelas alemanas y serbias, y cementerios católico, ortodoxo, judío y calvinista –así es normal que Árpád Thiery publicara un estudio sociológico con el título Véménd era una Babel. Entre los diferentes grupos étnicos de la población, como en general en la antigua Hungría meridional, se desarrolló durante dos siglos una cooperación armoniosa, se entendían y utilizaban el idioma del otro, conocían y apreciaban las tradiciones ajenas. Aquel equilibrio empezó a desmoronarse precisamente en la Primera Guerra Mundial. Después del Tratado de Trianon, en 1920, casi todos los habitantes serbios se establecieron al otro lado de la nueva frontera trazada algunos kilómetros más al sur, los judíos fueron deportados en 1944, la mayoría de los alemanes después de 1945, y sus casas fueron entregadas a székelys que huían de Bukovina y a húngaros exiliados de Eslovaquia.


Tras morir el maestro las fotos tuvieron que esperar cincuenta años en el almacén del museo hasta que hace unos meses el Museo de Etnografía de Budapest las presentó al público. Los coordinadores de la exposición fueron además al encuentro de los descendientes de aquellas antiguas familias que todavía se encuentran en Véménd para interesarse sobre la gente retratada y su destino. A partir de las imágenes y de las «descripciones a trazo grueso» de los parientes emergen los recuerdos de la centenaria historia de una comunidad llena de vaivenes.



La muestra hace especial hincapié en los objetos que portan consigo los personajes, que por lo general definen la situación social de sus propietarios, su confesión, su identidad o circunstancia. La mayoría de los alemanes católicos sostienen un libro de oraciones o un rosario, una parte de los serbios un libro abierto, un cigarrillo los hombres. Uno de los prisioneros de guerra rusos está sentado en la silla como si sostuviera una carta recibida de casa: en realidad es un periódico húngaro doblado –además está del revés– pero aún así sirve para la imagen convencional del prisionero de guerra, que debe ser mostrado con una carta en la mano. Y en la última sala, amueblada como estudio casual, el visitante también puede colocarse delante de una pantalla con un objeto que haya llevado consigo a fin de dar una idea de su propia cultura. Las imágenes que se han tomado hasta ahora se proyectan allí mismo y tal vez, dentro de cien años, formarán parte de una exposición como esta.