Danza en el centro de todos los veranos

A las once en punto del día de Sant Jaume la iglesia de Algaida está iluminada como nunca en todo el año. Con la puerta del fondo de la nave abierta de par en par oímos, por entre el suave murmullo de los abanicos de las mujeres, cómo se acercan los golpes del tamboril y el silbido de la flauta. Es entonces, en ese preciso momento cuando sabemos que estamos en el centro del verano. El verano de verdad, el verano de todos los siglos de los siglos.

Els cossiers entran danzando en la iglesia y el aire se llena del olor a albahaca fresca que agitan en las manos. Estoy convencido de que los hombres y las mujeres del pueblo que ahora están sentados en los bancos son niños en ese preciso instante. A mí me pasa, por lo menos, y miro en sus ojos buscando la corroboración. Y en los ojos hay de todo, claro... Cruzo la mirada con Biel Majoral, a quien recuerdo de muchacho bailando con els cossiers, cuando aún había que rescatarlos del vacío franquista, y que hace poco ha sacado un disco de canciones republicanas. Su sobrina María es este año la Dama dels cossiers.

En este momento, con los bailarines yendo de uno en uno hacia el altar conducidos por la Dama, se amontonan de golpe, convocados por la melodía de la flauta, por el aire caliente, por el ritmo hipnótico y la luz excesiva, todos los veranos que nos han traído hasta este que ahora revela su núcleo.

La pequeña plaza, a la puerta de la iglesia, cercada de gente que espera a que la misa acabe y empiece la danza

Y allí está también el demonio, encargado de despejar el espacio para el baile




Solo en dos fiestas anuales bailan los cossiers, el 16 de enero por Sant Honorat y en verano por Sant Jaume: primero la tarde de la víspera, el 24 de julio, y luego en la fiesta mayor del día 25













En todas las danzas menos una bailan mirando hacia el interior del círculo







El demonio muerde al fin el polvo y es pisoteado entre el alboroto de los cascabeles que llevan en las medias