Budapest 100


Normalmente, metemos las narices por las puertas entreabiertas de los viejos edificios del centro de Budapest cuidando de que nadie se dé cuenta y que ningún vecino nos eche con cajas destempladas sin darnos tiempo a tomar unas pocas fotos, una mínima documentación del pasado de la ciudad que esconden esos pequeños rectángulos umbríos. No era así hace años, y no es así, por ejemplo, en Lwów, donde aún pueden explorarse sin inconveniente los edificios desde el patio a la azotea, y desde las galerías exteriores hasta los distribuidores internos de los kommunalki. Pero Budapest se ha convertido en una ciudad de puertas cerradas. Salvo un único día al año. Por segunda vez en la historia, este fin de semana de abril todos los edificios de Budapest que llegan al centenario en 2012 abren las puertas de la calle, y también las del sótano y el ático, y hasta las de los pisos que se avengan a la interesante iniciativa de los organizadores: el Centro de Arquitectura Contemporánea. Durante todo este día los vecinos no sólo dejan de observarte con sospecha, hasta te muestran voluntariamente el camino, te ofrecen vino y pasteles o te guían por el edificio; y hasta los hay que organizan presentaciones y conciertos para los visitantes. Y es reconfortante ver que son muchas las personas que aprovechan la oportunidad. Yendo de casa en casa, nos cruzamos con grupos organizados, parejas o exploradores solitarios, todos ellos armados del mapa y el folleto que ha editado para la ocasión el CAC. Muchos de estos visitantes se molestarán luego, esa misma noche, en publicar sus fotos y descubrimientos en los diversos foros.


En los números 26-28 de la calle Klauzál, en el corazón del barrio judío, el minucioso programa adopta de pronto un seco laconismo: «Poemas e historias de los residentes, bollos y visita de ático.» Nosotros ya no llegamos a tiempo para la parte nutritiva. Era un poco tarde. Pero la puerta de la azotea aún estaba abierta y por allí nos colamos.




Una inestable escalera lleva desde la terraza hasta una cubierta reciente de zinc, todavía están ahí las herramientas de los obreros. Y desde este tejado, como desde el pico de una montaña, se abre ante los ojos un territorio imprevisto.