Georgia, minuto a minuto


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Las suelas de mis botas chinas se han rendido en la pedregosa carretera de montaña. «¿Dónde puedo comprar unos zapatos baratos por aquí cerca?» «¿Comprar?» Los ojos del taxista se abren como platos. Gira a la derecha, hacia el minúsculo taller de un remendón. Apenas quepo junto a su mesa y su perro chino. Resopla mientras hinca la lezna dando la vuelta a la suela. Me pide dos euros por media hora de trabajo y tira orgulloso del hilo, que no se romperá en mil años.


Gelati, Motsameta, monasterios medievales en la cordillera sobre Kutaisi, la tumba del rey David el Constructor, un maravilloso paisaje de montañas, podría decir esto a cada instante. La gente sube de los pueblos para la misa dominical. En el pequeño autobús nos acogen dos hermanas ruso-ucranianas-georgianas, acabada la misa nos invitan a un café en su dacha sobre el monasterio. Los niños del pueblo se agolpan a vernos, quedan a nuestro alrededor, dejan que les fotografiemos.


Kutaisi se despereza. Aquí son las ocho, en nuestros huesos las cinco. Habiendo dormido solo dos horas empezamos el ascenso de la montaña. En la mochila una botella de vino georgiano excelente, un regalo a todos los viajeros en el control de pasaportes (!). Lo beberemos en la cima a la salud de los nuestros futuros huéspedes.


Budapest está cubierta de nieve recién caída y hay placas de hielo en las calles mientras damos inicio a nuestro vuelo nocturno. En Kutaisi hace quince grados y los naranjos maduran en las fotos de los blogueros rusos. El trayecto dura seis horas, pero la vuelta será cosa de diez minutos. Intentaremos informar regularmente, tan pronto como dispongamos de Internet. Porque a la provincia de Tusheti, por ejemplo, en la frontera chechena, aún no llega ni la electricidad.