La tumba de la reina Ester en Persia


«¿Qué cuesta el taxi hasta la plaza Jomeini?» «Gheymati nadore, no cuesta nada». El viejo taxista abre los brazos. «Taʿarof nakonid, no me vengas con esas», le digo; pero él ríe y dice machaconamente que me llevará gratis. Sé bien que en estos casos importa acordar un precio exacto, de otro modo la cuenta final será tan exagerada como haya sido la fórmula de cortesía, o más. Pero le dejo hacer. Después de todo, si vas en peregrinaje, respeta las tradiciones. Y sé generoso cuando visites a una reina.

Hamadán es un lugar de peregrinaje perfecto. Incluso hoy hacen falta ocho horas de coche a través del desierto desde Isfahán, donde está la mayor comunidad judía de Persia. Se puede imaginar la gran devoción de quienes cubrían el agotador viaje a pie o en caravana. Con todo, los registros históricos muestran que desde la antigüedad miles de judíos de Persia y otros países visitaban el lugar cada año, la tumba de la reina Ester y su tío Mardoqueo.


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Ester, mujer del rey persa Asuero, y su tío Mardoqueo salvaron la vida a miles de judíos persas expuestos a las intrigas del comandante en jefe Amán, como se describe en el libro bíblico de Ester, y se revive cada Purim en todas las comunidades judías del mundo. El hecho tuvo realmente lugar en el centro del imperio persa, Susa. Ecbatana, la antigua capital de los medos, hoy Hamadán, era la residencia de verano de los reyes de Persia, donde se dice que Ester y su tío se retiraron tras la muerte de Asuero. Aquí los enterraron en un mausoleo compartido, que aún es el lugar de peregrinaje más importante para los judíos de Irán.


No sabemos cuál era el aspecto de la tumba primitiva. La imagen más antigua, una ilustración de Eugène Flandin de 1840 publicada en su diario Voyage en Perse (1851), ya presenta su estado actual. Con todo, el edificio, con su doble espacio interior, cámara sepulcral y sala común, y la cúpula que corona la tumba, que sigue la tipología de los lugares de peregrinación chiítas erigidos para los emamzâdehs, los descendientes de los santos imames, es de 1602, bajo el reinado del sha Abbas el Grande. Como se ve en el dibujo, a principios del s. XIX todavía quedaba fuera de la ciudad, pero ya a fines del mismo siglo el bazar se agitaba a todo su alrededor. Según relatos de viajeros contemporáneos, solo se podía acceder con un guía local cruzando un enredo de puertas y patios interiores. En 1970, sin embargo, cuando el sha involucró también a las minorías étnicas en la celebración del 2.500 aniversario de la monarquía persa, la comunidad judía decidió restaurar y ampliar el recinto de la  tumba de Ester demoliendo las casas a lo largo de la calle mayor y levantando una ornamentada puerta en la entrada de la calle. Que nunca se abre. La entrada real sigue siendo la de atrás del edificio, desde una estrecha calle del bazar. Por aquí, de la mañana a la noche, el rabino Rajad permite la entrada a los visitantes.


El paso a la tumba cruza un pequeño jardín de rosas. La puerta es un único bloque de granito de veinte centímetros de grueso que pesa cuatro quintales y gira sin ningún otro soporte sobre un agujero del mismo granito lleno de aceite. Mide tan solo 110 cms. de altura, obligando al visitante a inclinar la cabeza, como se lee a menudo en el salmo que preside la entrada de tantas sinagogas sefardíes: «Mas yo fiado en la muchedumbre de tu piedad, entro en tu morada y me prosterno ante tu santo templo.» (Sal 5:8). El espacio de la entrada es en sí una pequeña sinagoga donde, como dice el rabino Rajad, vienen a casarse parejas judías de todo Irán. Desde aquí unos escalones descienden a las tumbas de Ester y Mardoqueo. Varias inscripciones judías se leen con toda claridad en los muros circundantes, pero las grandes letras a la derecha de las escaleras que llevan a la tumba no las ha respetado el tiempo. Según la piadosa interpretación del rabino Rajad, es arameo, y ha de leerse de izquierda a derecha (!). Significa: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.»

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Las tumbas de madera de Ester y Mardoqueo imitan sarcófagos, aunque los sepulcros están obviamente bajo el suelo del piso. Los sarcófagos son nuevos, tallados por un artista persa, Enayatollah Tusserkhani, durante la restauración de 1970. Los originales los destruyó un incendio a fines del s. XIX causado por las candelas que los peregrinos colgaban. Solo ha sobrevivido esta imagen en una litografía de Eugène Flandin. Una pequeña sala de oración se abre junto la tumba. Inscripciones monumentales recorren todo lo ancho de las paredes, pero han sido tantas veces repintadas por manos que obviamente ignoran el hebreo que hoy son en gran parte ininteligibles.


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En el patio ampliado, donde estaban las casas demolidas, construyeron una sinagoga bajo el nivel de la calle, planeada con el estilo moderno peculiar de los años 70 por el arquitecto iraní judío Elías Yassi Gabbay. Diseñó también la escultura colocada ante la fachada de la calle. «¿Qué representa?», pregunto. «Es el trono de Asuero», responde el rabino Rajad, que se apresura a enseñarme cómo se usa.


«¿Aún vienen peregrinos?», le pregunto. «Claro, ¡muchos! Por Purim el patio se llena, pero a lo largo del año vienen de todas las ciudades judías de Irán, Isfahán, Teherán, Yazd, Mashhad. Y hasta del extranjero. Esta misma mañana estuvo un judío de París», dice con respeto. «De Israel, por supuesto, no pueden venir». «¿Por qué? Claro que pueden, muchos vienen de allí también. Pero con pasaporte turco.» «¿Y la gente de aquí?» «En Hamadán somos muy pocos. Cinco familias en total, solo hay quince personas.»

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Al despedirme el rabino Rajad me pide una donación para la reina Ester, y un bolígrafo para él. Le doy uno comprado en la ciudad del inventor del bolígrafo, en el mercado de Budapest, algo bastante único... Pero no: el rabino Rajad colecciona plumas. Me hace prometer que en la próxima visita le llevaré una auténtica pluma alemana Lamy de Berlín.


Salgo a la calle. Tras la devoción de la tumba y el silencio del patio, la agitación del bazar me envuelve de golpe. Toda la ciudad fluye, zumba, da voces ofreciendo y comprando mercancías, mostrándose y mirando y relacionándose en las estrechas calles flanqueadas de tiendas, pequeños patios, talleres. Tal como dos mil quinientos años atrás, en los días de la reina Ester, en Ecbatana y Susa.


Trío Chemirami, Irán • Canción sefardí

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Epílogo. La reina Ester recompensa a sus huéspedes con generosidad real. A la mañana siguiente, en la primera librería de Teherán, me topo con un libro con la litografía de Eugène Flandin en la cubierta. Su título es فرزندان استر. مجموعه مقالاتی درباره ی تاریخ و زندگی یهودیان در ایران – Los niños de Ester. Colección de ensayos sobre la historia y vida de los judíos iraníes, con asombrosas imágenes. Enseguida escribiré sobre esto.