En 1846, construyeron un muro de ladrillo para rodear el cementerio, y añadieron en las entradas norte y sur dos arcos monumentales diseñados por el capitán Charles Faber. Por entonces el cementerio miraba al mar en una suave pendiente, más por casualidad que por voluntad expresa. Enormes edificios de oficinas y la extensión de la tierra sobre la bahía hace tiempo que destruyeron esta perspeciva. Pero aún iba a ser peor.
En 1863 el cementerio estaba lleno y lo cerraron: en el clima tropical, las tumbas de ladrillo y yeso se desintegraron rápidamente y las lápidas se volvieron ilegibles. Al igual que en tantos sitios, las piedras se aprovecharon para otros usos.
El Registro de Entierros, si alguna vez existió, se perdió en el traspaso de la Compañía de las Indias a la Corona en 1867. El deterioro físico de las tumbas y la falta de registros ha sido desde hace mucho tiempo motivo de controversia pero, desde luego, no una prioridad para el desarrollo de la burguesía ciudadana.
Tal vez todos debamos aceptar que algunos documentos desaparecieron en la transferencia.
Sólo en 1912 H. A. Stallwood dio fin a un registro y lo publicó en el número 61 del Journal of the Straits Branch of the Royal Asiatic Society. La Biblioteca Nacional de Singapur tiene una copia en microfilm, pero una búsqueda lineal y la obligada lectura de los negativos en blanco y negro convierte su consulta en una penitencia. (¡Ya no recordamos lo mucho que tuvimos que trabajar con este tipo de medios!). La Biblioteca Británica, sin duda, tiene una copia, pero por fortuna, hallamos un ejemplar en el librero de viejo parisino Oriens. Tenemos ese espléndido volumen que retrata a la perfección el cementerio en decadencia, justo antes de que desapareciera. Vamos a utilizar este «quién es quién» fúnebre para guiarnos en las siguientes entradas.
El año 1859, agitado por acontecimientos como la Guerra de Crimea, la presencia de los barcos de guerra rusos en el Mar de China, y el motín de la India, se tomó la decisión de demoler la Casa del Gobernador y construir un fuerte que se llamaría después del Vizconde Canning, Gobernador General y primer Virrey de la India (1856-1862). El cementerio, en consecuencia, tomó el nombre de Cementerio de Fort Canning. El fuerte nunca estuvo activo: su línea de visión estaba obstruida embarazosamente por la fortaleza de Pearl’s Hill, y estaba demasiado alejado de la orilla. Además sus cañones de 68 libras apenas alcanzaban el puerto. Al final, su papel fue el de una estación de señales: de alarma de incendios y marcador horario. Un cañón pequeño disparaba a las cinco de la mañana, al mediodía y a las nueve de la noche. Esto terminó en 1896 y la fortaleza fue demolida en 1927.
En 1954, el deterioro había ido tan lejos que la mayoría de las lápidas —como la del teniente Wladimir Astafiew— habían sido retiradas: algunas fueron puestas en los muros norte y sur, donde aún permanecen. Durante los veinte años siguientes las tumbas se limpiaron debidamente, y en la actualidad el cementerio es un parque donde se hacen fotos de moda, reportajes de bodas y conciertos al aire libre. Las lápidas en los muros siguen su inexorable declive y están completamente ilegibles, en muchos casos corroídas por líquenes y taladradas por galerías de hormigueros. Wabi-sabi sería una interpretación demasiado generosa. Se han hecho algunas listas en los últimos años, y el Archivo Nacional de Singapur guarda calcos en carbón que pueden ayudar a descifrar los textos desaparecidos. Volveremos a visitar a algunos de los que fueron enterrados aquí.
Journal of the Straits Branch Royal Asiatic Society, 1912, 61, 77
An Anecdotal History of Old Times in Singapore, Charles Buckley, 1902
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