Druth

Así bautizó mi hija mayor a Ruth Mehl, la mamá de su tía postiza, Ximena. La «r» no le salía bien hasta pasados los cinco años, así que Ruth era Druth. Pero Trini bien que se enojaba cuando la imitábamos: «No se dice 'Druth' —sentenciaba— se dice 'Druth'», produciendo un imperceptibilísimo cambio de sonido que era más bien de tono.

Desde la panza la conoció a Ruth, porque por suerte yo me había cruzado con su hija en la facultad muchos años antes. Aunque la verdad sea dicha, a quien conocí primero –de nombre al menos– fue a Ruth. De Ximena me hice amiga sólo porque descubrí que era la hija de Ruth Mehl… Siempre leíamos con mucho gusto sus críticas de espectáculos infantiles en La Nación, por más que no hubiera todavía Trinis ni Candes en la mente de nadie. (De no haber sido por eso, «ya estaría yo aquí» siendo amiga de Ximena, ¡qué va…!)

Las críticas de Ruth eran complejas como ella. Llenas de percepciones sutiles, con ideas severas sobre la calidad que debe exigirse a los artistas y lo que se merecen los niños, pero también desbordantes de simpatía, calidez y humor. Gracias a Ruth, cuando sólo la leíamos y luego más aún cuando mutuamente nos adoptamos como familia, descubrimos tantas cosas valiosas: músicos, titiriteros, actores, ilustradores, libros para chicos, autores de ciencia ficción, películas, series.

No podríamos ahora llegar a contar tantos descubrimientos por su culpa, tantos gustos compartidos, tantas enseñanzas sobre gustos… Quizás de a poco lo podremos ir haciendo, pero no hoy porque todavía estamos demasiado conmovidos por el hecho de que no esté más aquí con nosotros. El 18 de mayo murió Ruth Mehl tras haber sido operada del corazón. Mantuvo su buen humor hasta antes de la operación y después ya no se despertó. También en el final, entonces, nos dejó un ejemplo de vida con esa envidiable presencia de espíritu.

Por eso, tal vez, lo que sí podemos hacer ahora es imitar su gesto difusor. En una mínima escala de lo que ella hizo y compartió con nosotros, podemos mostrarles uno de los libros que le regaló a Trini cuando andaba por los dos años. A ella se lo habían enviado como jurado del prestigioso concurso Hans Christian Andersen de literatura infantil y nos aseguraba que era precioso.

No se equivocaba, por supuesto. Ese libro fue desde entonces nuestro preferido. Así que ahora, esperando no enemistarme con nadie por cuestiones de copyright, lo comparto con ustedes.


Los elefantes nunca saltan.


El almacenero Tejón estaba haciendo la cuenta de la Señora Oveja.

–Tres y tres son seis, y dos son… ¡BUUUU! –y gritó BUUU tan fuerte que la pobre Señora Oveja estuvo a punto de morirse del susto. La Señora Ganso, que esperaba su turno, pegó un salto casi hasta el techo, y el almacenero Tejón no paraba de reirse:

–¡Es la tercera vez que te hago pegar un salto esta semana! –dijo.


Mientras tanto, la Señora Cerdo tendía alegremente la ropa y su esposo leía el diario sentado a su lado. De repente, desde detrás de los arbustos, apareció Benjamín Leopardo dando un brinco. Llevaba puesta una máscara y rugía estruendosamente: “¡¡BUUU!!”

La Señora Cerdo pegó un salto y fue a caer encima de la ropa. El Señor Cerdo saltó de su hamaca derramando el té, mientras Benjamín Leopardo reía, más fuerte incluso que el almacenero Tejón.


Ese mismo día llegó el elefante al pueblo. Cuando los animales daban la bienvenida al nuevo vecino, la vaca gritó “¡BUUU!”, haciendo que el león pegase un salto, mientras todos los demás estallaban de la rida.

–Habrás querido decir muuuu, dijo el elefante, frunciendo el ceño.

–No…, es un juego nuestro –explicó con una risita la Señora Cerdo, se llama “Hacer saltar al otro”.


-Ah! –dijo el elefante– Bueno, los elefantes nunca saltan.

–¿¡Nunca saltan!? –gritaron asombrados todos los animales.

–¡Nunca! –dijo el elefante– hay DOS cosas que nunca hacen los elefantes: nunca saltan y nunca olvidan.


Estas palabras excitaron mucho a los animales y en cuanto el elefante se alejó, decidieron organizar un concurso para ver quién conseguía hacer saltar al elefante.

Al día siguiente, el elefante estaba paseando cuando, desde detrás de una roca, el león pegó un salto dando un gran rugido.

El rugido hizo que Carmen Cabra saltase de donde estaba escondida, esperando su turno para gritar: “¡BUUUU!”

–¿Estás bien? ¿Te pasa algo? –preguntó el elefante al león.

–Sí, sí, gracias –respondió el león, algo desconcertado– en realidad, estaba intentando hacerte saltar.

–Ya te lo dije –prosiguió el elefante– los elefantes nunca saltan!


A lo largo de los días siguientes, todos los animales intentaron hacer saltar al elefante.

–Por favor –dijo el almacenero Tejón– no lo vayan a intentar dentro de la tienda. Si se pone a saltar aquí, será un desastre!

Pero él mismo se olvidó y gritó con fuerza “¡BUUU!”cuando el elefante fue a comprar unos maníes…

Afortunadamente, no funcionó.


Los animales dejaron de darse sustos unos a otros. Tenía que ser con el elefante o con nadie más; y no sólo lo intentaban de día…

Una noche cuando el elefante se disponía ya a apagar la luz para dormirse, aparecieron dos gallinas en su ventana. Chillaban y se agitaban como si fuesen fantasmas horribles.

–Los elefantes nunca saltan –dijo el elefante bostezando– y menos cuando están en la cama.

Entonces apagó la luz y las gallinas se sintieron muy muy ridículas con sus disfraces.


A medida que pasaba el tiempo, y como a los animales no se les ocurrían nuevos trucos, los días fueron volviendo a la normalidad. Uno de esos días, el elefante y algunos animales más fueron a merendar cerca del río.

El té estaba casi listo cuando se oyó un grito de “¡SOCOOORROOO!” procedente del agua. Los gemelos Tigre estaban jugando con una barca, pero la cuerda que servía de amarra se había desatado. Los animales corrieron hacia el río y vieron cómo la barca era arrastrada rápidamente por la corriente. Estaba ya tan cerca de la otra orilla, que ni siquiera la larga trompa del elefante podía llegar hasta ella.


–Van directo a la cascada –gritó el almacenero Tejón– ¡Rápido, vayamos al puente! es la única manera de alcanzarlos.

–Están demasiado lejos ya… ¡No llegaremos a tiempo! –gritó la señora Cerdo mientras todos los animales corrían desesperadamente hacia el puente.

El elefante fue el único que hizo algo distinto.


Mientras los demás corrían en dirección al puente, el elefante se alejó del río corriendo: se paró, dio media vuelta y corrió de nuevo hacia el agua lo más rápido que pudo. Entonces dio un salto fantástico que lo llevó por los aires hasta aterrizar al otro lado del río. Allí estiró la trompa y arrastró la barca con los gemelos hasta la orilla.


Cuando llegaron los demás animales, vieron que los gemelos estaban sanos y salvos junto al elefante.

–¿Cómo llegaron hasta aquí? –preguntó sorprendido el almacenero Tejón.

–¡Ha saltado, ha saltado!! –dijeron los gemelos con gran excitación– ¡¡Hemos ganado el concurso!! ¡¡Lo hemos hecho saltar!! –gritaban.

–Pero… –dijo el león– nos habías dicho que los elefantes nunca saltan…


–Lo sé –dijo tímidamente el elefante– pero se me olvidó.


«La petaquita» - Teresa Usandivaras - CD ¿Jugamos a cantar?

Queremos terminar esta entrada con la canción que Teresa Usandivaras y Julio Calvo, dos de Los Musiqueros le cantaron para despedirla. Siempre se las pedía, contaron y nos encantó cantarla con ellos y para ella.

La petaquita
(canción tradicional de Chile)

Tengo una petaquita
para ir guardando
las penas y penitas
que voy juntando

Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la encuentro vacía

Todas las chicas tienen
en sus vestidos
un letrero que dice
“Busco marido”.

Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.

Todos los chicos llevan
en sus sombreros
un letrero que dice
“Casarme quiero”.

Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.


Ruth se fue pero queda y quedará para siempre en nuestro recuerdo como en el de tanta gente que la quiso y la admiró. Que son muchos y eso no es poco para sentir que una vida fue completa.