Desde la panza la conoció a Ruth, porque por suerte yo me había cruzado con su hija en la facultad muchos años antes. Aunque la verdad sea dicha, a quien conocí primero –de nombre al menos– fue a Ruth. De Ximena me hice amiga sólo porque descubrí que era la hija de Ruth Mehl… Siempre leíamos con mucho gusto sus críticas de espectáculos infantiles en La Nación, por más que no hubiera todavía Trinis ni Candes en la mente de nadie. (De no haber sido por eso, «ya estaría yo aquí» siendo amiga de Ximena, ¡qué va…!)
Las críticas de Ruth eran complejas como ella. Llenas de percepciones sutiles, con ideas severas sobre la calidad que debe exigirse a los artistas y lo que se merecen los niños, pero también desbordantes de simpatía, calidez y humor. Gracias a Ruth, cuando sólo la leíamos y luego más aún cuando mutuamente nos adoptamos como familia, descubrimos tantas cosas valiosas: músicos, titiriteros, actores, ilustradores, libros para chicos, autores de ciencia ficción, películas, series.
No podríamos ahora llegar a contar tantos descubrimientos por su culpa, tantos gustos compartidos, tantas enseñanzas sobre gustos… Quizás de a poco lo podremos ir haciendo, pero no hoy porque todavía estamos demasiado conmovidos por el hecho de que no esté más aquí con nosotros. El 18 de mayo murió Ruth Mehl tras haber sido operada del corazón. Mantuvo su buen humor hasta antes de la operación y después ya no se despertó. También en el final, entonces, nos dejó un ejemplo de vida con esa envidiable presencia de espíritu.
Por eso, tal vez, lo que sí podemos hacer ahora es imitar su gesto difusor. En una mínima escala de lo que ella hizo y compartió con nosotros, podemos mostrarles uno de los libros que le regaló a Trini cuando andaba por los dos años. A ella se lo habían enviado como jurado del prestigioso concurso Hans Christian Andersen de literatura infantil y nos aseguraba que era precioso.
No se equivocaba, por supuesto. Ese libro fue desde entonces nuestro preferido. Así que ahora, esperando no enemistarme con nadie por cuestiones de copyright, lo comparto con ustedes.
El almacenero Tejón estaba haciendo la cuenta de la Señora Oveja.
Mientras tanto, la Señora Cerdo tendía alegremente la ropa y su esposo leía el diario sentado a su lado. De repente, desde detrás de los arbustos, apareció Benjamín Leopardo dando un brinco. Llevaba puesta una máscara y rugía estruendosamente: “¡¡BUUU!!”
Ese mismo día llegó el elefante al pueblo. Cuando los animales daban la bienvenida al nuevo vecino, la vaca gritó “¡BUUU!”, haciendo que el león pegase un salto, mientras todos los demás estallaban de la rida.
Estas palabras excitaron mucho a los animales y en cuanto el elefante se alejó, decidieron organizar un concurso para ver quién conseguía hacer saltar al elefante.
A lo largo de los días siguientes, todos los animales intentaron hacer saltar al elefante.
Los animales dejaron de darse sustos unos a otros. Tenía que ser con el elefante o con nadie más; y no sólo lo intentaban de día…
A medida que pasaba el tiempo, y como a los animales no se les ocurrían nuevos trucos, los días fueron volviendo a la normalidad. Uno de esos días, el elefante y algunos animales más fueron a merendar cerca del río.
–Van directo a la cascada –gritó el almacenero Tejón– ¡Rápido, vayamos al puente! es la única manera de alcanzarlos.
Mientras los demás corrían en dirección al puente, el elefante se alejó del río corriendo: se paró, dio media vuelta y corrió de nuevo hacia el agua lo más rápido que pudo. Entonces dio un salto fantástico que lo llevó por los aires hasta aterrizar al otro lado del río. Allí estiró la trompa y arrastró la barca con los gemelos hasta la orilla.
Cuando llegaron los demás animales, vieron que los gemelos estaban sanos y salvos junto al elefante.
–Lo sé –dijo tímidamente el elefante– pero se me olvidó.
Queremos terminar esta entrada con la canción que Teresa Usandivaras y Julio Calvo, dos de Los Musiqueros le cantaron para despedirla. Siempre se las pedía, contaron y nos encantó cantarla con ellos y para ella.
(canción tradicional de Chile)
Tengo una petaquita
para ir guardando
las penas y penitas
que voy juntando
Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la encuentro vacía
Todas las chicas tienen
en sus vestidos
un letrero que dice
“Busco marido”.
Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.
Todos los chicos llevan
en sus sombreros
un letrero que dice
“Casarme quiero”.
Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.
Ruth se fue pero queda y quedará para siempre en nuestro recuerdo como en el de tanta gente que la quiso y la admiró. Que son muchos y eso no es poco para sentir que una vida fue completa.
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