Rabo de toro


Una capea con picadores es un espectáculo macabro;
pero con un poco de imaginación resulta lírico
(Eugenio Noel, Nervios de la raza, 1915)

El día 28 de julio pasado Cataluña se atrevió a prohibir algo tan tópicamente español como las corridas de toros. El nacionalismo españolista —siempre celosísimo de sus símbolos, aunque le perjudiquen— percibió esta decisión soberana del parlamento catalán casi como una agresión contra el estado, o al menos contra sus más profundos cimientos culturales, aprestándose a promover todo tipo de medidas que preserven para siempre, y en todo el territorio, la denominada «Fiesta nacional».


Es curioso que cuando Canarias tomó idéntica decisión, en 1991, no se armó el más mínimo revuelo y ese mismo españolismo no se sintió en absoluto herido, —«una rareza propia de los canarios», debieron pensar, sin darle mayor importancia. Con los catalanes, sin embargo, siempre llueve sobre mojado y todas las decisiones de su parlamento tienden a observarse con sospecha. Después de la bronca inacabable alrededor del nuevo Estatuto de Autonomía, que tanto ha irritado a los medios de comunicación centralistas, esta nueva polémica viene a ser, para estos medios, una prueba más de la quiebra del estado a la que estamos abocados por la debilidad del gobierno socialista y, sobre todo, una magnífica oportunidad para seguir caldeando los ánimos y vendiendo periódicos.


Por supuesto, una parte del nacionalismo catalán más independentista también ha visto aquí la ocasión de subrayar sus diferencias con España, pero debe quedar claro que han sido muy pocos quienes han seguido esta vía. Las corridas de toros en Cataluña no han sido nunca algo arraigado, por más que exista un grupo de aficionados vehementes y entusiastas. Y esta multiplicación desmedida de símbolos españoles ostentados en lo que, en definitiva, debería ser una mera fiesta popular (bandera, escudo, pasodobles, mantillas, peinetas… todo un completo imaginario ajeno al catalán) contiene para cualquier observador un germen que provoca a dar una respuesta.





En medio de todo este ruido político están los verdaderos promotores de la prohibición, las asociaciones que se oponen al maltrato de los animales. Pero sus razones, que en cualquier otro país del mundo suponemos que serían las principalmente debatidas, quedan aquí ahogadas bajo la confrontación ideológica, revelando, una vez más, qué frágil es la urdimbre de los viejos reinos de la Península Ibérica.



La crueldad de la corrida se ha rebajado mucho desde que, todavía a principios de siglo XX, el toro embestía, en la «suerte de varas», al caballo del picador completamente desprotegido, corneándole el abdomen y vaciándole los intestinos sobre la arena del coso. Había toros que mataban cinco, seis o hasta diez caballos, dejando la arena, y a todos los actores de la «fiesta», llenos de sangre e inmundicias. Nosotros hemos conocido a una venerable y piadosa ancianita que se quejaba amargamente de que le hubieran privado del bravo espectáculo, que tanto le gustaba en su juventud, de ver a los caballos agonizar pisándose las tripas.



Esta diversión sangrienta tiene innegable atractivo estético, ¿cómo no? Igual lo podrían tener muchas otras actividades violentas que se nos ocurren a poco que pongamos en marcha la imaginación. Y bastaría que se repitieran unas cuantas veces para que alguien las considerara tradiciones culturales irrenunciables. La ritualidad de cada momento de la corrida aísla, enfría y hace casi invisible a ojos del aficionado el acto que realmente está viendo: un ser humano entretiene a un público que se regodea en escarnecer y burlarse, hasta la muerte, de un ser inferior. Desde este ángulo, nuestra dignidad humana sale muy mal parada. No necesitamos, hoy en día, esta lección de superioridad sobre un animal, por muy fiero que éste sea. Ya no es catártica ni purificadora esta ceremonia de control y muerte ejercida sobre una fuerza de la naturaleza como es un toro bravo. Su estética, por más lentejuelas que se le añadan al «traje de luces» del torero, está definitivamente apagada, sumergida en la sociedad del siglo XXI, y es algo tan triste como la caza de una ballena por un buque ballenero, pero con el agravante de que aquí hay un público que vitorea la ridiculización del animal sacrificado. Y si la marca diferencial profunda es el riesgo real del torero jugándose la vida, más se multiplica aún el absurdo y la degradación moral del conjunto. Porque, en definitiva, lo que únicamente permanece es el negocio de unos cuantos, más la mirada anacrónica y un punto morbosa del espectador al que se permite —legalmente, reguladamente— el cosquilleo que provoca un espectáculo con sangre en directo.




En Mallorca la tradición torera es escasa. Con todo, el Coliseo Balear ha vivido épocas de bastante actividad. Este sábado dimos una vuelta a la plaza e hicimos estas fotos. No hay pintadas a favor ni en contra de los toros… Bueno, una sola, tímida, en la jamba de una entrada de servicio. No nos dejaron entrar porque estaban montando el escenario de un concierto de «The Cranberries». Mucho más que a los toros, el edificio proyectado por Gaspar Bennázar (a quien en Mallorca se le llegó a conocer como «el Arquitecto», por antonomasia), se dedica a conciertos, eventos deportivos o como plató de televisión para programas alemanes.







El aspecto más deplorable de la desaparición completa de la lidia sería la dificultad de encontrar carne de toro. No quisiéramos, por ejemplo, renunciar para siempre a saborear un buen estofado de rabo de toro. Pero que nadie se preocupe: China aparece en nuestro futuro para salvarnos de esta catástrofe. El 23 de octubre de 2004 se celebró en Shanghái la primera corrida de toros de Asia, y parece que allí se interesan cada vez más por las cosas de España. Sospechamos, no obstante, que en China aún no sabrán cómo prepararlo, así que para que se vaya difundiendo dejamos aquí nuestra propia receta de rabo de toro, tal como lo hemos cocinado muchas veces. Estos son los ingredientes:


La receta es de rabo de toro, pero puede hacerse también con uno de buey o vaca. Hay que cortarlo en rodajas correspondientes a las vértebras. Lo dejamos una noche en una cazuela cubierto con el vino (tanto mejor cuanto mejor sea el vino), las cebollas y la zanahoria, unos granos de pimienta negra y una hoja de laurel. Lo salpimentamos, lo enharinamos y freímos (no mucho, se trata de que se dore bien por fuera) en aceite de oliva muy caliente. Lo reservamos. En una cazuela pochamos la zanahoria y la cebolla con el ajo. Añadimos la salsa de tomate (hecha friendo suavemente tomates maduros en aceite de oliva con una pizca de azúcar y sal) y lo rehogamos todo un par de minutos. Echamos el vino tinto del adobo, añadimos un pellizco de canela y dejamos reducir. Añadimos el rabo que hemos frito, acabamos de cubrir, si hace falta, con agua y dejamos cocer lentamente cosa de hora y media. Trituramos la salsa, la colamos o la pasamos por un chino y la dejamos reducir un poco para que quede melosa. Ponemos el rabo en una fuente con la salsa por encima y lo adornamos con unas hojas de salvia o una ramita de romero. Podemos acompañarlo de patatas fritas o puré de patata.