En el valle de Liébana

De los cántabros no se cogieron muchos prisioneros; pues cuando desesperaron de su libertad
no quisieron soportar más la vida sino que incendiaron antes sus murallas, unos
se
degollaron,
otros quisieron perecer en las mismas llamas, otros ingirieron un veneno
de común acuerdo, de modo que la mayor y más belicosa parte de ellos pereció
(Dión Casio, Historia romana, LIV, 5, 1)


No es Berlín después de los bombardeos aliados, es el pueblo de Potes, en el corazón del Valle de Liébana, en Cantabria, en 1937. Hacía poco más de un año que había empezado la Guerra Civil. El ejército franquista ocupó Potes el 2 de septiembre de 1937 y se encontró con un espectáculo de devastación casi completa. Parece ser que la noche anterior, los soldados republicanos que habían resistido hasta entonces abandonaron el pueblo incendiándolo por sus cuatro esquinas. Este es el parte de operaciones que redactó la «VI Brigada de Navarra» después de entrar allí.


«El pueblo de Potes en sus dos terceras partes está destruido y quemado, durando aún los incendios cuando entramos en el pueblo. Se cogen al enemigo 2 almacenes de víveres, 3 coches ligeros y un camión; un depósito de dinamita, 8.000 kg. de harina y un equipo óptico» (S.H.M. –Legajo 458 – Carpeta 14).

Por lo que sabemos, nunca llegó a aclararse quién tuvo la responsabilidad del incendio de Potes, pero fueron muchos los inculpados. Cuando, pocos meses después, a fines del 37, iban a fusilar por esta causa (entre otras) a Eugenio Ortega Ruiz, un maestro nacional de 23 años que había sido comandante del Batallón CNT, esgrimió en su defensa un recorte de diario donde se decía que acababa de ser detenido en otro lugar el autor del incendio de Potes. La alegación no le sirvió de nada. Parece que este incendio se convirtió en un buen pretexto para detener y fusilar republicanos.

Entre el 30 de agosto y el 4 de septiembre de 1937 fueron fusilados por los sublevados que ocuparon las ruinas humeantes de Potes, catorce vecinos ante los muros del cementerio. La represión contra quienes se opusieron al «Glorioso Ejército Salvador de España» continuó por los pueblos lebaniegos de la manera arbitraria e indigna que tan bien supimos ejecutar en España.


Así era, antes del incendio de 1937, la calle que bordea la plaza del mercado y sube desde el puente hacia la parte alta de Potes.


En esta plaza o en la del otro lado del río, frente a la iglesia, ya desde 1291, bajo el reinado de Sancho IV, se situaba el mercado. El edicto de Sancho IV obligaba a quienes quisieran asistir a dejar las armas en la posada. La foto de arriba está tomada desde la Torre del Infantado.



Ahora cada lunes sigue habiendo mercado. No es un encuentro ganadero, sino agrícola, donde se venden la miel, los embutidos, los «quesucos» de Áliva ahumados con madera verde de enebro, las enormes cebollas moradas, los pequeños garbanzos o el orujo que producen las aldeas del valle de Liébana. Potes, además, tiene seis ferias anuales de ganado. La más importante es seguramente la del día de Todos los Santos, en noviembre. Fue Juan I, en 1379, quien instauró aquí dos grandes ferias ganaderas al año.



Antes de la destrucción de la Guerra este era el aspecto del rincón de los «portales de la manteca», en la Plaza de Potes, donde los lunes de mercado las mujeres de los pueblos se sentaban a vender mantecas. También ha desaparecido el enorme ciprés que aquí medio oculta la Torre del Infantado.


Cruzando el Puente Nuevo durante una nevada en los años 50. Aquí ya se ha reconstruido el pueblo gracias a las ayudas del «Programa de Regiones Devastadas» que se puso en marcha al acabar la Guerra. En muchos aspectos esta reconstrucción culminó la devastación. Hoy en día aún hay campesinos que usan los zuecos o «albarcas» de madera de haya como las que lleva este hombre.


La torre que se ve tamizada por la nieve es el edificio más característico de Potes: la Torre del Infantado, erigida en época de don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, cuya familia pasó por entonces a dominar el valle y otorgó al pueblo la capitalidad de Liébana. Hoy alberga una exposición permanente sobre el Beato de Liébana.

Fotografías de Eusebio Bustamante

Historiadores y geógrafos, Estrabón, Silio Itálico, Floro, y hasta el poeta Horacio, hablan de la valentía y ferocidad legendaria de los cántabros, que forjó imágenes heroicas como aquella que nos los muestra cantando himnos de victoria mientras los crucificaban los romanos (Estrabón). Lo cierto es que el propio emperador Augusto, a inicios del último cuarto del siglo I a. de C., tuvo que intervenir directamente en la conquista y desplazarse hasta aquí para forzar, con un inusual contingente de más de cincuenta mil hombres, la romanización —nunca completa— de Cantabria. Augusto pasó mil penalidades que incluyen plagas, enfermedades y hasta haber estado a punto de ser alcanzado por un rayo —que mató al esclavo que le precedía— durante una marcha nocturna. Sin duda, al proverbial carácter de los cántabros se aliaba la orografía de los Picos de Europa y la espesura de los bosques.


Potes desde la Ermita de San Miguel, muy cerca del Monasterio de Santo Toribio. Partiendo de este pueblo, del que abajo pueden verse unas cuantas fotos más, daremos una vuelta por los rincones de Liébana en los próximos días.


Sirena del mar. Cantado por Ángel Roiz en Uznayo de Polaciones, Valle de Liébana. Colección de Alan Lomax, 1952-53