Islas


Por tres años seguidos, en agosto, hemos ido a Cabrera. Hace dos veranos, Cabrera se revelaba como una encrucijada histórica de proporciones universales, y el pasado año, más modestamente, subimos al castillo del siglo XIV que domina el puerto y, desde allí, la isla entera. Es imposible no pensar de nuevo en la terrible agonía de los soldados napoleónicos que fueron abandonados aquí, pero lo cierto es que la dureza de la vida en las islas esconde otras muchas historias. Por ejemplo, hacia las fechas de la construcción de este castillo Mallorca debía ser uno de los lugares con mayor presencia de esclavismo del Mediterráneo. En el campo y en la ciudad trabajaban esclavos y su cautiverio podía haberse producido «en buena guerra» o «en mala guerra». Los obtenidos en el primer caso eran lícitos, pues se podía justificar por la existencia de una guerra declarada, abierta y franca entre dos reinos. Pero también se producían otros prendimientos o secuestros desprovistos de toda legalidad, meramente por el afán de vender mercancía humana. Los esclavos así tomados pocas veces recobraban la libertad.

Nada más atracar nos rindió pleitesía una gaviota posándose sobre el motor de la zodiac

En el Archivo del Reino de Mallorca se documenta alguna de estas disputas. Se acababa de construir el castillo de Cabrera cuando un barco veneciano al mando del patrón Giovanni Musso vendió en el puerto de Palma a tres muchachos griegos de unos catorce años, Joan, Costa y Nicolás. Dice la documentación (ARM. AH S-29, ff. 222-223v) que Musso los había capturado en la isla griega de Trufo. Cuál sea esta «isla de Trufo» lo ignoramos. Seguramente «Trufo» esté por «Trifón» (Tryphon), topónimo derivado del santo homónimo que sí se encuentra en varios lugares de Grecia y de la costa Dálmata, aunque no —que sepamos— como nombre de una isla.


Joan fue vendido a una tal María, pescadora, por 45 libras; Nicolás a un marinero, el patrón Vila, por 40 libras; y de Costa solo sabemos que quedó en poder de las autoridades. Cuenta la historia que justo un día como hoy, 25 de agosto de 1386, se denunció el hecho ante la gobernación del Reino. Hubo que discutir bastante para conseguir revocar la primera decisión del batle, que no veía ningún hecho punible en la venta. Al final, un juez imparcial dictaminó que la invasión de la isla de Trufo había sido furtiva, «en mala guerra», y que había que liberar de inmediato a los esclavos (queda también claro que el veneciano Musso ya había vendido a otros desventurados en diferentes puertos). Es de notar que estos recién manumitidos fueron entregados entonces a otros libertos griegos anteriores para que se encargaran de mantenerlos y les formaran en el oficio que ellos habían elegido. Joan aprendió carpintería con un griego llamado Todor; Costa aprendió a tejer colchas con un maestro griego llamado Jordi Vanover, y Nicola se hizo sastre. La única restricción que se les impuso fue que no podían abandonar Mallorca. Como afirma el padre G. Llompart, no es poca la sangre originalmente esclava, del Mediterráneo Oriental, que —sin que apenas se haya hablado de ello— corre por las venas de los mallorquines (Historias de la Almudaina. La vida en la Mallorca del siglo XIV, Palma: Lleonard Muntaner, 2007).

La bocana del puerto de Cabrera, con la costa de Mallorca al fondo

Este año pasamos una noche en el puerto, esperando ver caer las últimas lágrimas de san Lorenzo en el cielo. No fue así, porque de nuevo nos acompañaron las nubes. Pero tampoco era este el propósito con el que llegamos allá. Queríamos subir al punto más alto de la isla, Na Picamosques, cuyo camino ha estado cerrado durante muchos años, y compartir aquí algunas fotos del recorrido.

En perspectiva: la bocana, el castillo, la isla de Conejera y el perfil de la montaña de Santueri, en Mallorca


Al empezar la subida hasta Na Picamosques, (172 m), lo primero que encontramos son dos hornos de cal. En Cabrera hay piedras buenas para fabricar cal. Una vez producida en estos hornos se embarcaba y se llevaba a vender a Mallorca.

El horno de cal de la cala de Sa Coveta Roja


Subiendo un poco hay otro horno de cal restaurado, el de S’Espalmador

Desde un poco más arriba se distingue a lo lejos el extremo sudoeste de Mallorca, con la silueta de la isla de Sa Dragonera, frente al pequeño puerto y la playa de San Telmo.



Arriba se ve el vértice geodésico del pico de Na Picamosques

Esta formación de rocas extrañamente erosionadas se conoce como Dents de ca (dientes de perro)

Arriba, al lado del vértice, los restos de una casamata de gruesos muros de piedra

En Mallorca, la silueta de la montaña luliana de Cura

Desde arriba, tras los dents de ca, mirando al sur, el faro de N’Ensiola. Allí fuimos a la mañana siguiente



Els estells o farallones, al sur de la isla

S’illa de ses rates (la isla de las ratas) con su característica forma de tortuga

La ceba (cebolla) marina, crece entre las piedras secas y florece bajo el sol inclemente



Las casas del faro, con un gran aljibe. Para llegar hasta el faro hemos cruzado la vaguada del Coll
Roig
subiendo luego en zigzag. El faro se erigió en 1857 durante el reinado de Isabel II,
y se construyó con piedra de Santanyí (hoy lamentablemente cubierta de
pintura) imitando el faro de Formentor




Hoy estos son los únicos habitantes del faro de N’Ensiola, las sargantanes, endémicas de aquí



Sin ningún miedo se lanzan sobre las gotas de agua que dejamos caer en la piedra


De regreso a Mallorca, con la proa hacia el puerto de Sa Ràpita, descubrimos en una cala de Cabrera el yate Fortuna del rey Juan Carlos que debía estar ahí pasando el día. Nos vamos tranquilos. El rey en persona nos guarda la isla. Ningún veneciano del demonio se atreverá a atacarnos para vendernos como esclavos en islas lejanas.