Río Deva

Cauce del río Deva desde Potes hasta su nacimiento en Fuente Dé. Clic para ampliar.

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1. The Hungarian and his bear
2. En el valle de Liébana
3. «…pero no estoy contenta»
4. Río Deva
5. Río Quiviesa
Según más de uno, cae por aquí y no en África, Oriente Próximo, ni en ningún otro sitio del mundo, el lugar donde tuvo origen la Humanidad. Lo afirma, por ejemplo, con abundante y vehemente argumentación Jorge María Rivero San José en su libro Cantabria, cuna de la Humanidad. Esta zona cantábrica —desde parte de lo que hoy es Asturias hasta el extremo pirenaico del País Vasco, con sus rincones de relativo aislamiento histórico, la resistencia única de la lengua vasca a dejarse absorber ni contaminar y las leyendas sobre el carácter de sus gentes— ha alimentado con frecuencia tal tipo de especulaciones, a menudo explotadas políticamente o manipuladas por el nacionalismo de manera torcida. Pero no siempre aparecen tales intenciones. Por ejemplo, no es sospechoso de nada de esto el breve tratado que hemos leído estos días sobre un tema afín: en 1933 Lubicz Milosz defendía, como si hubiera recibido una revelación, los orígenes ibéricos del pueblo judío.


Vale la pena leer las lucubraciones lingüísticas de Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (1877-1939, pariente, por cierto del futuro Nobel Czesław Milosz, 1911-2004). A partir de una serie de analogías fonéticas —pero también de religión comparada y esotéricas— llega a la conclusión de que el Paraíso del Génesis, con sus cuatro ríos, estaba en Iberia y la lengua vasca, vestigio de la ibérica, llegó, por lo visto, a fecundar en su expansión hasta la variante peruana del quechua.

El valle de Liébana solo tiene tres ríos. En las imágenes que ahora siguen subimos por el Deva deteniéndonos en algunos de los pueblos de sus márgenes, cuya ubicación puede verse en el mapa de arriba. El valle de este río, el más occidental de Liébana, también se conoce por el nombre de su municipio central, Camaleño, que agrupa treinta y tres núcleos habitados. Antiguamente se le llamaba asimismo Valdebaró.


Lon. Tiene una iglesia pequeña con un retablo barroco, con un frontón policromado sobre tabla, del s. XVIII, pero el sagrario es del s. XVI. Solemos encontrar las iglesias cerradas. Esta mañana, las únicas voces humanas que oímos salían de la posada, en cuyo balcón, a pesar de la llovizna, habían tendido a secar las sábanas.


Tanarrio. Al llegar a la iglesia de Tanarrio, silenciosa y un poco lejos del pueblo, había empezado la misa. Lo delataban los bastones dejados fuera, las luces encendidas y, acercándonos un poco más, la voz del cura que sube a oficiar desde Santo Toribio y que se oía claramente a través de la puerta abierta. Es una de las pocas iglesias a las que pudimos entrar y los cinco vecinos que había dentro nos la enseñaron con orgullo. Han restaurado el retablo y la conservan lo mejor que pueden. Su origen debe ser románico y saltan a la vista las múltiples modificaciones que ha sufrido, con una peculiar bóveda apuntada que descansa en un arco apoyado en gruesos capiteles, más antiguos. El muro lateral izquierdo lo preside un popular san Roque que nos muestra su bubón de peste en el muslo y va acompañado por el perro que le lleva un trozo de pan. Las laderas de los montes que rodean Tanarrio tienen espesos bosques de encinas y alcornoques, pero los osos ya hace tiempo que no se acercan.



Brez. En la ladera sur del macizo de Ándara, Brez parece brotar de la tierra con dificultad. La iglesia de san Cipriano aprovecha una escarpadura como muro lateral y se mantiene en pie con remiendos que aún revelan su origen románico. Una anciana nos ve rodear el edificio y nos cuenta enseguida su viaje a Mallorca con un grupo de pensionistas. En Liébana —dice— se come mejor, más abundante y muchísimo más barato. No volverá a salir de aquí. Si acaso, a Santander.



Desde Besoy, abajo en la margen derecha del Deva, se ve arriba, al otro lado del río, la iglesia y el cementerio de Llaves. Un poco más adentro aún, el sendero de Llaves acaba en el pueblo de Vallejo.


Mogrovejo. Se distingue por su torre almenada, alta y en ruinas, con una hiedra que la sostiene y la destruye por igual. Al acercarnos, encontramos en su base una cuadra para un caballo, el único ser vivo que hemos visto aparte de varios perros adormilados. Edificó la torre en el s. XIII Pedro Ruiz de Mogrovejo, de cuya familia fue santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima en el s. XVI. La torre tiene adosada una gran casa solariega, tampoco muy cuidada, pero que por lo visto conserva varios cuadros importantes y una capilla con un retablo barroco de carácter popular. La iglesia, del s. XVII, guarda una de las mejores imágenes de la Virgen en toda Cantabria, quizá procedente de Flandes, datable a fines del s. XV.

Mogrovejo, c. 1945


Treviño. La gran casona dieciochesca de los Condes de la Cortina, que hicieron fortuna en ultramar, es hoy posada. Más allá de este edificio, con su jardín, sus escudos y sus árboles imponentes, otras casas languidecen y esperan con gesto resignado, como la que se ve a la izquierda, a que alguien se ocupe de ellas.


Espinama. Casi llegando a Fuente Dé —donde acaba la carretera y funciona un teleférico que salva un desnivel de 753 metros colgado sobre un hayedo—, Espinama se extiende a los lados del arroyo donde nace el Deva. Aquí corre el agua y su ruido llena el pueblo. Lo primero que vemos es este cartelón donde un particular expresa su desacuerdo con el obispado. Por lo que oímos, no es el único caso, últimamente, en que la Iglesia busca hacer negocios con bienes cuya propiedad es dudosa.


Si aún cupieran dudas acerca del bravo e indomable carácter cántabro, bastaría ver lo que se les ocurrió hacer a estos dos vecinos de Espinama hacia 1964, cuando aún estaban instalando los cables del teleférico de Fuente Dé. Esto lo explica todo.