Jugar con huesos


En la Mallorca de nuestra infancia (y en todas las otras islas, con pequeñas diferencias) hay dos juegos que practicábamos con huesecillos —astrágalos o tabas—. Uno era más bien masculino, y se llamaba jugar al «osset» (huesecito) o al «tot» (todo). En Menorca se llamaba jugar a la «marraquinca». En castellano, normalmente, es «jugar a la taba». En estos juegos, como debe ser, todo estaba regulado y designado. Así, a cada una de las cuatro caras de la taba (el astrágalo) le dábamos un nombre:

— «Rei» (rey). Es la cara más plana que se levanta un poco en la punta como un zapato, haciendo una especie de pico o nariz.
— «Escorretja» (correa). Cara opuesta a la del «rei», que dibuja una especie de «ese» hundida.
— «Post» (tabla). Cara ancha que está un poco abombada.
— «Cul» (culo). La cara que la atraviesa en canal, dejando un hoyito en medio.

Había una quinta opción, la mejor por más improbable: cuando el hueso al caer quedaba de punta o de canto, mostrando dos caras, se llamaba «tot» (todo) o «nèpel» (?).

Podía desarrollarse con muchas variantes, pero en su versión básica era —como en todas partes— una especie de juego de dados: tirar al aire la «marraquinca» o taba, y según la cara que quedara visible, se ganaba o perdía. En Menorca se solía jugar con dos tabas. Si uno hacía «tot» o «nèpel» se llevaba todo lo apostado.


Había, sin embargo, otra forma de jugar entre varias personas. Primero se atribuía a cada jugador una de las caras. Así, se empezaba con una ronda de lanzamientos donde cada jugador se quedaba con el nombre de la cara que le había salido. Luego iban cambiando de nombre rotando a medida que avanzaba el juego. Quien asumía el personaje del «rei» era el que ordenaba el numero de correazos que debía recibir el perdedor, así como la fuerza con la que debían aplicarse (fuertes, flojos o «de pinyol» —fuertísimos—). Antes de empezar ya había que estar de acuerdo en el número y la fuerza del castigo. El rey jugaba con un bastón en la mano como distintivo o cetro. El «escorretja» (correa), era el encargado de aplicar los correazos, normalmente con un pañuelo o trapo viejo enrollado, y preguntaba «quàntes mana el senyor rei?» (¿cuántas ordena el señor rey?), o «quàntes cimades?» (¿cuántos cintarazos o correazos?). A quien la taba le salía «cul» le correspondían los correazos, y a quien le salía «post» se libraba de todo mal. Podía salir «tot», entonces el afortunado jugador asumía a la vez el papel de «rei» y de «escorretja», pudiendo así hacer lo que le viniera en gana, pegar, perdonar... Por supuesto, el que iniciaba el juego era el dueño de la «marraquinca». En Menorca, durante la partida, quien lanzaba la «marraquinca» solía canturrear:

Marraquinca de bon os,
fes tot i no facis post.
Marraquinca de bon os,
no facis cul ni facis post.
Ai, bon Jesuset estimat,
feis que tregui tot.
«Marraquinca» de buen hueso
haz todo y no hagas tabla.
«Marraquinca» de buen hueso,
no hagas culo ni hagas tabla.
Ay, buen Jesusito querido,
haced que lo saque todo.

Este juego era un juego campesino que pasó a los patios de las escuelas ciudadanas a principios del siglo XX. Normalmente los chicos lo jugaban después de Pascua. También se jugaba después de las matanzas, cuando podían conseguirse los huesos.

 
Así era más o menos aquella Mallorca de la que ahora hablamos, hacia 1964, bajo la mirada
cariñosa de un turista montado en un Seat 600 (gran icono del franquismo).


El otro juego que mencionábamos al principio es el de las cinco piedrecitas, del que ya hemos hablado largo y tendido. En Mallorca era un juego sobre todo femenino y se le llamaba «jugar a pedretes», a «cinquetes» o «als ossets» (huesecitos). Pero también «jugar al trempó» o al «joc dels pecos». Tanto podía jugarse con piedrecillas como (y era la opción más elegante y preferida), con cinco tabas. Sobre la base de lanzar una taba al aire e ir recogiendo las otras tabas (o piedras), las reglas y variantes del juego eran casi infinitas, y cambiaban de un pueblo a otro, incluso de un colegio a otro. Recordamos algunas denominaciones de lances diversos:

— «Passar farina» (cerner la harina). Cuando la taba vuela y antes de recogerla, han de haberse movido las otras cuatro.
— «Grenyar la pasta» (moldear la pasta). Mientras la piedra está en el aire se han de girar las otras cuatro, una por una.
— «Rossegall» (arrastre). Hay que separar dos piedras y luego cogerlas mientras una está en el aire.
— «Pou» (pozo). Las piedras hay que ir recogiéndolas del aire poniendo la mano en forma de pozo.
— «Canti o no canti» (cante o no cante). Al recoger la piedra, antes de que caiga hay que haber predicho si hará ruido o no al chocar con la (o las) que está en la mano.

A veces se jugaba con más de cinco piedras o tabas; y a veces también con huesos de albaricoque o níspero. A cada una de las cinco piezas se le daba también el nombre de «peco» (de ahí «joc dels pecos»). Hemos averiguado que antiguamente solía jugarse en tiempo de Cuaresma, y la razón es porque se trata, dicen, de un juego tranquilo, que no tiene canción. Se dice también que los juegos que hacen volar algún objeto por los aires ocultan un rito para invocar la lluvia. Y remover piedras también tiene este fin, acercar el viento que trae la lluvia, una necesidad muchas veces acuciante en nuestras islas tan secas.


[Una precisión lingüística final. Como muchos sabrán, en Italia hay una ciudad donde se habla catalán, Alghero, L’Alguer, en la costa occidental de Cerdeña. En el catalán de allí, una piedra pequeña se denomina una «ginqueta». No es fácil la etimología de esta palabra, pero la hipótesis más verosímil es que derive de «cinquetes», es decir del juego que se jugaba con cinco piedrecitas.]