Llegando a Drohobycz


Esta entrada se ha escrito en el festival dedicado a Bruno Schulz en Drohobycz, en el que hemos participado por invitación y con el apoyo del Instituto Polaco de Budapest.
En las laderas de los Cárpatos ya es otoño, los esqueletos del acanto gigante, hasta hace poco espléndidamente en flor, apuntan al cielo como secas garras negras. Con el crepúsculo llegamos a lo alto de la colina desde la que se domina Drohobycz: bocanadas de niebla y humo de hojas quemadas flotan en el valle. Las vacas vuelven al establo desde los pastos, pasajeras del autobús de la tarde.

El mismo paisaje podría haber visto hace ochenta años Bertold Schenkelbach, fotógrafo de la ciudad y amigo de Bruno Schulz, cuando en el camino de regreso a casa de una de sus expediciones fotográficas en los Cárpatos entre los Hutsuls llegaba a la cima de la colina y la ciudad se abría ante sus ojos en el valle.


Schenkelbach, nacido en Czernowitz, cambió la carrera de arquitecto sugerida por sus padres al regresar de su viaje de estudios a Italia, primero para seguir su afición literaria y periodística, y luego para especializarse profesionalmente como reportero gráfico. Cuando las fotografías que presentó en 1926 al concurso de fotografía nacional polaco fueron galardonadas con el segundo premio, supo que dedicaría su vida a este oficio. Abrió un estudio en la calle Mickiewicz, nº 3 (ahora Shevchenko), que convirtió en uno de los centros de la vida literaria de la ciudad. Aquí le dio a Bruno Schulz los negativos (aún placas de vidrio) que luego se convirtieron en modelos de las ilustraciones del Libro de la idolatría. El estudio era visitado buenamente por los ciudadanos de Drohobycz, y más tarde también por los oficiales del ejército alemán y la Gestapo, que entraron pidiendo disculpas en agosto de 1942 y diciendo que la lista no la habían compuesto ellos, y que si de ellos hubiera dependido, el muy culto, educado y completamente alemán Schenkelbach y su esposa ciertamente no habrían sido incluidos en el transporte que conducía a Belżec.


Las fotos de Schenkelbach corrieron la misma suerte que las de Menachem Kipnis o Alter Kacyzne. Los negativos conservados en la casa fueron destruidos. Hace poco se descubrieron en Nueva York unas pocas docenas de fotos que envió allá para su publicación, al igual que ocurrió con las pocas supervivientes de Kipnis y Kacyzne. Ahora se han expuesto, con ocasión del festival en memoria de Bruno Schulz, en el museo de la ciudad. En dos sencillas habitaciones se han encontrado de nuevo esas piezas dispersas de dos obras originalmente paralelas: las fotos que nos quedan de Schenkelbach y los pocos fragmentos de los últimos frescos de Schulz que el Yad Vashem no tuvo tiempo de sacar de contrabando fuera de Drohobycz.