Escribir, existir


Comentamos hace un tiempo que en la última página de un libro impreso habíamos encontrado, manuscrita, una de las exclamaciones de satisfacción más rotundas que hemos visto. Iba en un dístico de caligrafía pulcra, seguramente del siglo XVI, que dice: «Si la fortuna más tuviera: más me diera. / Si más recebir pudiera: la fortuna más me diera». Al anónimo autor tenía que desbordarle en ese momento una gran sensación de plenitud. Tan impetuosa era, que la fue a plasmar sobre un incunable. Y tampoco sobre un incunable cualquiera, sino en el Fasciculus temporum, de Werner Rolewinck (1425-1502). Imaginamos entonces que el autor quería dar fe, justamente sobre ese libro, de la felicidad que le provocaba tenerlo en las manos. Por supuesto, a nosotros nos emocionaba tenerlo en las nuestras. Pensamos también en la viva tensión entre el mundo de la imprenta y el de la cultura manuscrita que contienen los libros como este.




En efecto, el Fasciculus temporum fue un best-seller. Se publicó por primera vez en Colonia, en 1474 y se conocen 35 ediciones hasta 1500 (de las cuales hay dos en alemán, cinco en francés y una en holandés). Su edición sevillana, de 1480, en las prensas de Bartolomé Segura y Francisco del Puerto, es importante para la historia bibliográfica española al ser el primer libro que se imprime con ilustraciones en la Península Ibérica. El ejemplar del que hablamos, —del que pueden verse aquí unas páginas— pertenece a la edición lionesa de Mathias Huss y debió imprimirse hacia 1495.


En el Fasciculus temporum se consigna por primera vez como un hecho de importancia singular la invención de la imprenta. Al hilo de su repaso a los acontecimientos que han marcado al hombre desde la Creación, al llegar al año 1457 Rolewinck se rinde ante las perspectivas revolucionarias de la imprenta para la historia del hombre. Dice (traducimos): «Es el arte de las artes, la ciencia de las ciencias, mediante su diestra práctica, los tesoros valiosos de la sabiduría y el conocimiento, que todos los hombres desean por instinto, es como si salieran de la profunda sombra de sus escondites para enriquecer e iluminar este mundo que está en manos del mal. La ilimitada virtud de los libros que antaño en Atenas o París, o en otras escuelas o bibliotecas sagradas, se daba a conocer a muy pocos estudiantes, ahora se difunde por medio de este descubrimiento a cada tribu, pueblo, nación y lengua, por todas partes». Y añade la constatación final del éxito del invento: «et impressores librorum multiplicantur in terra».*


Este ejemplar está perfectamente conservado, con los folios numerados en romanos hasta el LXXXX. Alguien, quizá el mismo autor del dístico feliz, va dejando numerosas anotaciones a mano en los márgenes, en catalán. Son sin duda de fechas próximas a la de la publicación y se hacen más abundantes a medida que el texto habla de años más recientes, completando o comentando sobre todo aspectos que tienen que ver con la historia de España o Cataluña. Y esa misma mano todavía añade unos pliegos con la continuación de la crónica. Hay también, encuadernado conjuntamente, un cuadernillo manuscrito de siete hojas, de otra mano, con la primera página fechada el 21 de octubre de 1501, y acaba aún con una genealogía de los condes de Prades.

Al final de todo, ya sobre las mismas guardas posteriores en que están los versos mencionados arriba, alguien consideró útil fijar este último dato, un cierre definitivo de la historia universal: «el día 5 de febrero de 1725, empieza a afeitar la barba al Sr. Pau Mora, presbítero de Porreras, el Sr. Francisco Corró, barbero» (el original está en catalán: «lo dia 5 de febrer de 1725 comensa a fer la barba al Sr. Pau Mora, prevere de Porreres, lo Sr. Francisco Corró, barber»):





¿Quién dice, pues, que la imprenta acabó con la transmisión manuscrita? Viendo estos ejemplos, qué hermosa historia alternativa de la humanidad —o, cuando menos, de la cultura— se podría deducir leyendo las anotaciones, los borrones y los encartes manuscritos escondidos entre las páginas de los libros impresos, averiguando en las vidas de quienes los leyeron qué hicieron ellos con los libros y también qué hicieron los libros con ellos. No sabemos cuándo llegó a Mallorca este ejemplar, pero se imprimió alrededor de 1495, es decir, quince años después del primer impreso (xilográfico) mallorquín y diez después de la fundación de la primera imprenta de la isla. En estos años finales del siglo XV y aun empezado el XVI, este nuevo objeto que entra en las casas, que ocupa espacios, que acompaña y se erige en un nuevo tipo de interlocutor con sus respuestas siempre al alcance de la mano, que prestigia a sus poseedores —si no les pone en peligro cuando aparece en un index librorum prohibitorum—, asume ciertas características de ser vivo. Así lo explica Lotte Heillinga en uno de sus iluminadores estudios sobre la historia de la imprenta
un libro adquirido por un particular podía recibir el mismo trato que un miembro de la propia familia, podía ser encarecido o criticado, alguien con quien crecer al lado o al que consultar a todas horas, alguien de quien se puede abusar para recuperar después su amistad. Por suerte, estas relaciones han dejado muchas huellas visibles, notas de todo tipo que expresan fascinación o aburrimiento, la cara del maestro o la de la mujer soñada. (Impresores, editores, correctores y cajistas. Siglo XV, Salamanca: Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, 2006, p. 47)
O hasta puede que aparezcan los nombres y los apellidos de un cura y un barbero de un pueblo perdido (¿a qué nos suena eso?) para siempre fijados en las guardas de un incunable que resume la historia del mundo.


El cura y el barbero visitan a don Quijote, convaleciente y a punto empezar la segunda parte
de sus aventuras. Vida y hechos del ingenioso cavallero don Quixote de la Mancha,
Madrid: Pedro del Castillo - Manuel de la Puerta, 1723, vol. II, cap. 1, p. 1.