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La versión renovada de nuestro blog, con más herramientas, un diseño más rico y disponible en nueve idiomas, se puede leer aquí: https://riowang.com

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Bakhtiari tents


I long have wanted to write about the Bakhtiari nomads living above Isfahan, in the mountains of Chahar Mahal, who still today migrate by millions from the summer grasslands to the winter ones, from the valleys up the mountains, along spectacular roads, swimming over rapid mountain rivers together with their flocks, as it was shown in the first Iranian ethnographic film, the Grass (1925), and who in the spring descend with colorful carts to Isfahan to pass in the bazaar their rugs made in the wintertime. For a starter, let us see the photo series made on them by Alieh Sâdatpur – the photographer recording the old bicycles of Isfahan –, found on the blog of the Bakhtiari folk musician Bahman Alaeddin, that is Masoud Bakhtyari. The accompanying music is also taken from his album.


Masoud Bakhtyari (Bahman Alaeddin): Tey tum rah تی توم ره /Râh-e bârik راه باریک (Lane) (4'13"). From the CD Bahang بهنگ /Arus عروس (Bride) (2007).




Filomena Moretti


Filomena Moretti was born on the island of Sardinia in 1973. She graduated with honors from the Conservatory of Sassari. She has regularly performed (and won awards) since 1993 in Italy and France. She has made many transcriptions for classical guitar. The following four are my great favorites.Filomena Moretti nació en la isla Cerdeña en 1973. Se graduó con distinción en el conservatorio de Sassari. Hacia el año 1993 empieza a dar regularmente recitales (ganando algunos premios) en Francia e Italia. Ha escrito muchas transcripciones para guitarra. Las siguientes cuatro son mis favoritas.



Agustín Barríos: Una limosna por el amor de Dios



Francisco Tárrega: Recuerdos de la Alhambra



Isaac Albéniz: Asturias



Agustín Barrios: La catedral

Ghost photography

Henri Robin and a specter. Photo by Eugène Thièbault, 1863. Note the just expired hourglass on the table!

We have already seen that photography, in search of its role, created in the late 19th century the genre of the portrait of the dead, especially of dead children. The period, intoxicated with the unlimited possibilities of technological development, did not stop here, but also tried to capture the spirit of the dead. The naive precursors of experimental psychology, which assumed the spirit to be some fine material – ectoplasm – hoped that the objective of the camera would see more than the human eye, and in fortunate circumstances it could be able to grasp the contours of the dead walking among us. And where the demand, there the supply.

Portrait of the wealthy magazine editor Moses Dow with the spirit of his deceased assistant Mabel Warren. Photo by William Mumler, ca. 1871

The creation of ghost photography was the merit of William Mumler from Boston, who in 1861 discovered on a photography taken by him the outlines of cousin who died not long before. From then on he made a series of portraits where spirits appeared next to the persons represented. His machinations were exposed when the viewers recognized in the spirits a number of still living Boston residents whose portrait was previously exposed by Mumler on the glass negative. The method, however, already went on its own career, and several photographers made success with it in the most promising market segment, the spiritualistic circles.

Mary Todd Lincoln with the spirit of her deceased husband, President Abraham Lincoln. Photo by William Mumler, ca. 1870-75

The spirit of Lord Combermere, deceased five days earlier, in the library room of the Combermere Abbey in Cheshire, England. Photo by Sybell Corbett, 1891


Group portrait of a WWI air squadron, with the spirit of Freddy Jackson, deceased two days earlier, behind the head of one of them, 1919

The greatest fame was won by William Hope (1863-1933), who previously worked as a carpenter, but in 1905 he made his first photography on which a spirit appeared behind his friend. From then on he became an appreciated guest of spiritualistic circles, so much that he could not fulfill all their orders, and therefore founded, together with five other photographers trained by him, a ghost photographer’s company called Crewe Circle. The company flourished especially since the First World War, when everyone wanted to see, at least in the form of obscure spirits, their beloved ones fallen on the front. The work of Hope was supported by the greatest names, from the Anglican Archbishop Thomas Colley to Sir Conan Doyle. Although his tricks were unveiled in a book in 1922, his popularity did not diminish, and he remained a sought for photographer until his death in 1933. His photo album was found at a Lancashire antiquarian bookshop by a curator of the National Media Museum, and recently they were published on the Museum’s website.


Agárrame ese fantasma

Henri Robin con un espectro. Foto de Eugène Thièbault, 1863. Es la hora de la muerte: nótese sobre la mesa el reloj de arena que se acaba de vaciar.

Ya hemos visto que la fotografía, mientras buscaba su ubicación entre las artes, creó en el siglo XIX un género de retratos de muertos, en concreto de niños muertos. Aquel período, entusiasmado por las posibilidades sin límite que ofrecía el desarrollo tecnológico, no se contentó con eso. Trató también de atrapar espíritus. Los ingenuos precursores de la psicología experimental, que sostenía que el espíritu era un tipo de materia delicada —el ectoplasma— aventuraron que el objetivo de la cámara tenía que ver más que el ojo humano, y que en circunstancias afortunadas debería ser capaz de captar las siluetas de los muertos que habitaban junto a nosotros. Y allí donde hay demanda hay oferta.

Retrato del poderoso editor Moses Dow con el espíritu de su fallecida asistente Mabel Warren.
Foto de William Mumler, ca. 1871.

La invención de la fotografía de fantasmas fue logro de William Mumler, de Boston, quien en 1861 descubrió en una de sus fotografías el vago perfil de un primo que había muerto no hacía mucho. A partir de entonces comenzó una serie de retratos donde los espíritus aparecían al lado de las personas fotografiadas. Tales prodigios fueron denunciados cuando los espectadores reconocieron entre aquellos espíritus borrosos a toda una serie de personas vivas y coleando en las calles de Boston, cuyos retratos había imprimido Mumler previamente en en el negativo de cristal. El método, sin embargo, ya estaba inventado y seguía su propia vía. Varios fotógrafos alcanzaron éxito en el segmento de mercado más prometedor para este negocio: los círculos espiritistas.

Mary Todd Lincoln con el espíritu de su difunto marido, el Presidente Abraham Lincoln.
Foto de William Mumler, ca. 1870-75.

El espectro de Lord Combermere, muerto cinco años antes, en la sala de lectura de Combermere Abbey, en Cheshire, Inglaterra. Foto de Sybell Corbett, 1891.


Rerato de grupo de un escuadrón del aire durante la I Guerra Mundial, con el espíritu de Freddy Jackson, muerto dos días antes, apareciendo por detrás de la cabeza de uno de ellos, 1919

Quien alcanzó mayor fama de todos fue William Hope (1863-1933), antes carpintero, que en 1905 hizo su primera fotografía donde aparecía un espíritu por detrás de un amigo suyo. A partir de entonces se convirtió en un invitado privilegiado de los círculos espiritistas, tanto que no podía cumplir todos sus encargos y acabó por fundar, junto con otros cinco fotógrafos adiestrados por él, una compañía de fotografía de fantasmas llamada el Círculo de Crewe. La empresa prosperó especialmente desde la Primera Guerra Mundial, cuando todo el mundo quería ver, al menos bajo la forma de esos espíritus oscuros, a sus seres queridos caídos en el frente. El trabajo de Hope recibió el aliento de los más grandes nombres, como el Arzobispo de la Iglesia Anglicana, Thomas Colley, o del mismísimo Sir Conan Doyle. A pesar de que sus trucos fueron revelados en un libro en 1922, su popularidad no disminuyó, al contrario, se mantuvo como un fotógrafo de referencia hasta su muerte en 1933. Su álbum de fotos fue encontrado en una librería de anticuario de Lancashire por un trabajador del National Media Museum, y recientemente se han publicado en la página web de este Museo.


Tamten Lwów


– «Aquella Lwów»: una expresión que alude a algo lejano en espacio y tiempo, algo desaparecido que sólo habita en la memoria. Es el título de la extensa monografía en ocho tomos que compuso el arquitecto Witold Szolginia, hijo de la parte más lwowiana de Lwów, Łyczaków, y que hasta la expulsión de los polacos en 1945 residió en la Casa del León de Hierro, en el número 137 de la calle Łyczakówski. La obra se publicó entre 1992 y 1997 como culminación de toda una vida dedicada a la arquitectura y al urbanismo de Lwów.

«Witold Szolginia, primus inter pares de los exiliados de Lwów, fue el enciclopedista de la ciudad. Como dijo uno de sus colegas más cercanos Jerzy Janicki: “Absolutamente rebe, investido de infalibilidad papal para cualquier asunto de Lwów. Arbiter leopoliensis en todas las disputas relativas a la zona comprendida entre Łyczaków y Zamarstinow. Archi-Lwowiano y archi-Łyczakowiano.” Poseía una enorme erudición acerca de Lwów, que compartía con todos como el pan. De buena gana respondía a las numerosas llamadas telefónicas de curiosos e interesados por la ciudad, y mantuvo correspondencia incansable con los lwowianos dispersos por Polonia y por todo el mundo. Ciudadano y estudioso de Lwów, “Guardián de la Ciudad y el Cementerio”, como Zbigniew Herbert acertadamente lo llamó en la dedicatoria de uno de sus libros de poesía.» (Andrzej W. Kaczorowski)

La monografía, publicada originalmente por la editorial Sudety de Breslavia (Wroclaw), adonde se trasladó desde Lwów, llevaba mucho tiempo agotada. El año pasado la reeditó Jacek Tokarski, activo editor del pequeño sello Wysoky Zamek de Cracovia, cuyo nombre se refiere al Castillo Alto de Lwów. El primer volumen, que con el subtítulo «El rostro de la ciudad» ofrece una visión general de la estructura urbana de Lwów, salió el verano pasado, justo a tiempo para ser nuestro amable compañero durante el recorrido por Galizia que hicimos en agosto. El segundo volumen nos llegó cruzando las calles, plazas y barrios de la ciudad hace unos días; otra vez con la antelación justa para ayudarnos en la preparación de la primera visita que guiaremos a Lwów esta próxima primavera.

Aquí traducimos unas páginas. Es la introducción de la descripción del barrio judío. Un capítulo que nos resultó especialmente válido para la serie de artículos que escribimos sobre el Lemberik judío a petición de la Asociación Cultural Judía de Hungría y que pronto publicaremos también aquí.


«Vamos ahora a visitar un rincón de Lwów seguramente por completo desconocido o sólo conocido superficialmente, por la mayoría de habitantes de la ciudad. Esta parte de Lwów, para algunos misteriosa y para otros hasta exótica, albergaba el barrio judío del norte de la antigua Lwów, expandido durante siglos a partir de uno de los dos guetos de la ciudad. Sólo a modo de excurso: Lwów tuvo dos guetos, uno urbano dentro de las antiguas murallas y el otro en el suburbio del norte, Krakow. Con el tiempo, este último se fue poblando más y más hasta convertirse en el distrito con una población judía más densa. Todo el mundo puede comprobarlo sin necesidad de visitarlo, basta un vistazo al mapa de Lwów y a los nombres de las calles, locales y plazas. Delatan bien el carácter del barrio y la vida cotidiana de sus habitantes: Antiguo Testamento, la Vieja Fábrica de Queso, Sinagoga, el Macabeo, la Cebolla, el Pescado, el Ganso, el Dragón, Meisel, Bernstein, Sternschuss, Beiser, Kohn, Berek Joselewicz, calles Schleidher y Rappaport, Relojería, plaza del Grano…


Esta zona apenas se visitaba salvo que uno tuviera motivos personales o de negocios. Yo nunca tuve nada particular que hacer ahí, y hasta donde recuerdo lo pisé pocas veces en mi juventud, por curiosidad, para sentir el ambiente de un barrio misterioso.


Trato de reconstruir una memoria que se esfuma. Una vez, a lo largo de la calle Peltewna que cruza el barrio, de golpe, en un momento percibí la síntesis de todo el barrio judío. Mi olfato, siempre sensible a los matices, notó un olorcillo a cebolla estofada y a albañal, mis ojos abarcaron la intrincada red de calles y callejas hirvientes con el ajetreo y el gentío, o más bien con una multitud de figuras negras absortas en sus negocios, sentí en mis oídos un zumbido monótono, propio de una colmena, muy diferente del ruido de las otras calles, incluso de las más cercanas. Y tuve la extraña sensación de que estas gentes que estaba viendo nunca descansaban bajo el techo de sus casas, ni de día ni de noche; desarrollaban aquí afuera toda su vida, en esas calles y aceras embarradas y sinuosas. Por todas partes había gente, en las vallas abiertas, en las entradas oscuras y en los patios soleados, en el mosaico abigarrado de negocios, almacenes, establos, tiendas de comestibles y talleres.



Desde mi primera infancia he sido especialmente sensible a los colores que me rodean, y la sensación fue especialmente intensa aquí en el suburbio de Krakow, entre el rumor de la multitud. Aquella masa que llenaba las calles y callejuelas, portales y patios, yendo arriba y abajo, juntándose y gesticulando ferozmente, se me aparecía, si no de manera uniformemente negra, en cualquier caso en tonos muy oscuros. Sólo ocasionalmente brillaba entre lo oscuro un vestido de color, una camisa o un pañuelo de mujer. Por el contrario, los patios interiores y los pasillos sombríos de los edificios sucios y gastados se llenaban de color. Cuanto más te adentrabas, más intensos se hacían los contrastes, cautivando la mirada con matices brillantes y completamente inarmónicos. Y los colores que faltaban en la ropa de la gente, aquí relucían felices, en la ropa de cama tendida ante las ventanas siempre abiertas, en los pasillos exteriores y en cada piso; y el rojo remolacha de las almohadas se daba casi literalmente de patadas con los manteles y la ropa interior de los colores más insólitos, ostentada al público sin el menor pudor.


Todo el barrio judío comerciaba apasionadamente, terriblemente, a lo largo de cada calle y en el interior de cada patio. Sólo de vez en cuando se interrumpían los tratos para recuperar fuerzas en las pequeñas casas de comida instaladas en los sótanos, de donde emanaba el olor de unos guisos ricamente condimentados, con abundante cebolla y ajo, que impregnaban el aire con una nota de exotismo oriental.


Esta imagen ha cobrado vida otra vez en mi memoria, pero «vida» no es aquí una palabra afortunada, todo murió hace cincuenta años: fue destruido y no volverá. Sin embargo, el abandono y el deterioro ya había hecho de estas calles, pasadizos y casas pobres algo en cierto modo irreal por aquel entonces, hacia fines de los años 30. Baste decir cuán exactamente he podido reconocer ahora todos los detalles al añadir a mi colección de fotos de Lwów algunas otras del barrio judío hechas precisamente en los años 30. En estas fotos del excelente fotógrafo de Lwów, el ingeniero Mieczyslaw Watorski, pude ver muchas de las cosas que ya he comentado. Aquí se ve la intrincada topografía del barrio judío, las estrechas vías oscuras y sinuosas, con sus aceras llenas de socavones, las fachadas desgastadas y el desmoronamiento de las casas con las ventanas ciegas abiertas. Figuras negras en todas las calles, solas o en grupos. A lo largo de las paredes de los edificios, aquí y allá, alguien sentado, con ropas andrajosas, en una postura triste, trágica, petrificada, esperando sin convicción a algún comprador del barrio... En otro sitio, dos figuras pretenden vender un montón de zapatos tan viejos y rotos que hasta los vendedores ambulantes judíos los llamarían despectivamente «harapos».


Y aún hay otras imágenes que parecen sacadas de un reportaje: la zapatería ambulante del polatajko judío, como se le conocía en Lwów, con un aprendiz niño que trata de insuflar un poco de vida nueva a un zapato gastado, tal vez uno de los «harapos» comprados en la acera de la casa vecina... Pero lo más notable es que tanto el vendedor callejero como el barbado anciano judío junto a la zapatería están leyendo unos gruesos libros. ¿Qué contendrían? ¿Era un libro religioso en hebreo, era algo profano en yidis, o se trataba de un libro polaco? Quién sabe. En la siguiente imagen, como podíamos sospechar, aparece la fuente de estas lecturas: una librería callejera en forma de mesa atestada de volúmenes​​. Inclinado sobre ella, otro anciano de aspecto respetable y judía barba gris hojea los tomos.



Así fue el barrio judío de Lwów: no sólo abarrotado, ruidoso y de fuerte espíritu mercantil, también extremadamente pobre y en ruinas. Y también intelectual. De esto hace medio siglo, cuando yo a veces lo visitaba. Agradezco al ingeniero Watorski sus fotos magistrales que ahora resucitan para mí un lugar y unas gentes desaparecidas hace tiempo.»



Tamten Lwów


– “Quella Leopoli”: l’espressione si riferisce a qualcosa di lontano nello spazio e nel tempo, qualcosa che non c’è più e continua a esistere solo nella memoria. E’ il titolo di un’ampia monografia in otto volumi realizzata dall’architetto Witold Szolginia, nativo di Łyczaków, la parte più autentica di Leopoli (Lwów in polacco; L’viv in ucraino, Lemberg in tedesco, Lemberik in yiddish), che abitò nella casa del Leone di Ferro, al numero 137 di via Łyczakówski, fino all’espulsione dei polacchi dal Paese, nel 1945. La monografia venne pubblicata tra il 1992 e il 1997, al termine di un’intera vita dedicata all’architettura e all’urbanistica di Leopoli.

“Witold Szolginia, primus inter pares tra gli esuli di Leopoli, aveva una conoscenza enciclopedica della sua città. Con le parole di uno dei collaboratori più vicini a lui, Jerzy Janicki: “Era assolutamente un rebe, un maestro, dotato di infallibilità papale in materia di Leopoli. Arbiter leopoliensis in tutte le discussioni concernenti l’area tra Łyczaków e Zamarstinow. Un arci-Leopolese e un arci-Łyczakówese”. Della sua città possedeva un’enorme conoscenza che condivideva con semplicità con chiunque. Rispondeva con piacere alle numerose telefonate che chiedevano informazioni su Leopoli, e mantenne un’instancabile corrispondenza con gli altri esuli disseminati in Polonia e nel mondo intero.  Nativo e  studioso di Leopoli, “guardiano della Città e del Cimitero”, come lo definì in modo appropriato Zbigniew Herbert nella dedica di uno dei suoi libri di poesia.” (Andrzej W. Kaczorowski)

La monografia, pubblicata originariamente dall’editore Sudety di Wrocław – dove  si trasferirono i cittadini di Leopoli – è fuori catalogo da molto tempo. Solo lo scorso anno è stata ripubblicata da Jacek Tokarski, intraprendente direttore della piccola casa editrice Wysoky Zamek di Cracovia, il cui nome rimanda al Castello Alto di Leopoli. Il primo volume che, con il sottotitolo “Il volto della città” offre una panoramica della struttura urbanistica di Leopoli, è uscito l’estate scorsa, in tempo per esserci utile compagno nel nostro viaggio in Galizia effettuato in Agosto. Il secondo volume, che percorre le vie, le piazze e i quartieri della città, è arrivato in questi giorni, ancora una volta in tempo per i preparativi del primo tour di Leopoli guidato da noi, che effettueremo questa primavera.

Ecco un estratto del libro, l’introduzione della descrizione del quartiere ebraico. Questo capitolo è stato particolarmente utile per la serie di articoli che abbiamo scritto sulla Lemberik ebraica dietro richiesta dell’Associazione Culturale Ebraica Ungherese, articoli che saranno presto pubblicati anche qui su Río Wang.


“Ora visiteremo un angolo di Leopoli che suppongo conosciuto poco o  nulla dalla maggior parte degli abitanti della città.  Quest’area di Leopoli, che alcuni giudicano misteriosa e altri addirittura esotica, era il quartiere ebraico nella parte nord della Leopoli vecchia, che si sviluppò nei secoli da uno dei due ghetti della città. A titolo di spiegazione, occorre ricordare che Leopoli ebbe due ghetti nel corso dei secoli: quello urbano entro le antiche mura e quello a nord della città, nel sobborgo chiamato Krakow (come la Cracovia da cui provennero, nel Quattrocento, i suoi primi abitanti). Nel tempo, il secondo ghetto si ingrandì sempre più per ampiezza e popolazione, e divenne l’area più densamente popolato dagli ebrei. Ciascuno può constatarlo senza bisogno di visitare il sobborgo, basta dare uno sguardo alla mappa di Leopoli e curiosare tra i nomi delle strade e delle piazze. Eccone alcuni, che illustrano bene l’identità del quartiere e la quotidianità dei suoi abitanti: via del Vecchio Testamento, degli Antichi Formaggiai, della Sinagoga, dei Maccabei, della Cipolla, del Pesce, dell’Oca, del Drago,via  Meisel, Bernstein, Sternschuss, Beiser, Kohn, Berek Joselewicz, Schleidher e Rappaport, e poi piazza dell’Orologiaio, delle Granaglie…


Raramente qualcuno si recava in quest’area, se non per ragioni personali o d’affari. Non ho mai avuto particolari interessi, là, e per quanto mi ricordi ci sono andato solo poche volte da giovane, giusto per curiosità, per l’atmosfera del quartiere,  che mi sembrava così misterioso.


Tento di richiamare ricordi sbiaditi. Rammento che una volta, lungo la via Peltewna che attraversa il quartiere, d’improvviso e per un istante colsi in qualche modo una sintesi dell’intero quartiere ebraico. Il mio olfatto, sempre sensibile ai diversi odori, percepì una zaffata di cipolla soffritta e di fogna a cielo aperto, il mio sguardo abbracciava l’intricata rete di strade e vicoli con l’andirivieni della folla, o piuttosto della moltitudine di figure in nero prese dalle loro occupazioni. Le mie orecchie udivano quel tipico, monotono brusio, come di alveare, che era così diverso dal rumore delle altre strade, perfino di quelle confinanti. Ed ebbi la strana impressione che le persone che vedevo non si fermassero forse mai sotto il tetto delle proprie case, né di giorno né di notte, sempre impegnate nei loro traffici lì, sulle strade infangate e sui marciapiedi storti. C’era una gran folla ovunque, perfino sui portoni spalancati, negli ingressi bui e nei cortili assolati, nel miscuglio confuso di botteghe, magazzini, stalle, drogherie e officine.


Fin dalla prima infanzia sono stato molto sensibile ai colori che vedevo intorno a me, e questa sensazione era particolarmente intensa qui nel sobborgo di Krakow, in mezzo al brusio della folla. Le persone che riempivano strade e vicoli, ingressi e cortili, agitandosi di qua e di là, incontrandosi e gesticolando animatamente tra loro, mi sembravano vestite, se non completamente di nero, perlomeno in abiti scuri. Raramente appariva per un attimo il vestito, la camicetta o lo scialle colorato di una donna. Per contrasto, i cortili interni e i varchi delle case buie, sporche e fatiscenti erano particolarmente colorati. Più si entrava al loro interno, e più netti diventavano i contrasti, catturando il mio sguardo con le loro tinte brillanti e del tutto disarmoniche. E i colori che mancavano negli abiti delle persone, qui splendevano gioiosamente nelle lenzuola stese alle finestre sempre aperte, nei corridoi esterni e a ogni piano, e il rosso intenso dei cuscini faceva quasi letteralmente a morsi con le tovaglie e la biancheria spudoratamente messa in mostra e splendente nei colori più imprevedibili.


L’intero quartiere ebraico, in ogni strada e in ogni cortile, si appassionava e quasi si accaniva nel commercio. Solo occasionalmente l’attività veniva interrotta per riprendere le forze nelle piccole trattorie aperte nei seminterrati delle case, da cui proveniva l’odore dei cibi fortemente speziati con cipolla e aglio, che permeavano l’aria del quartiere di un esotismo orientale.


Questa è l’immagine che rivive nella mia memoria, sebbene il termine “vivere” non risulti particolarmente adatto, perché tutto ciò è morto da cinquant’anni: è stato distrutto, non esiste più. Ma già allora, negli ultimi anni ’30, l’incuria e l’abbigliamento rendevano in qualche modo irreali le strade, i vicoli e le povere case. Non serve descrivere con precisione ogni dettaglio, quando invece posso aggiungere alla mia collezione di foto su Leopoli alcune immagini del quartiere ebraico scattate esattamente nei tardi anni ’30. In queste foto, fatte da un eccellente fotografo di Leopoli, l’ingegner Mieczyslaw Watorski, trovo molte delle cose che ho descritto. Ecco l’intricata topografia del quartiere ebraico, le strade strette, buie e tortuose con il loro selciato irregolare, le facciate delle case fatiscenti e cadenti con le finestre spalancate e cieche. Nere figure ovunque per strada, da sole o in gruppo. Qui e là, lungo i muri delle case, c’è qualcuno vestito con abiti logori, seduto in una posa pietrificata, triste, tragica, che aspetta disperatamente qualche acquirente del quartiere… Altrove, invece, due figure piene di speranza mettono in vendita un intero mucchio di vecchie scarpe sfondate, che perfino i venditori ambulanti ebrei chiamavano con disprezzo “pezze”.


Altre immagini ancora sembrano uscire da un reportage; il negozio del calzolaio con il polatajko ebreo, come veniva chiamato a Leopoli, insieme a un apprendista fanciullo, mentre cerca di insufflare un po’ di vita in una scarpa logora, forse una “pezza” acquistata di fronte alla casa vicina… La cosa interessante è che sia il venditore ambulante che il vecchio ebreo barbuto vicino al negozio del calzolaio stanno leggendo un voluminoso libro. Di cosa può trattarsi? Di un libro religioso in ebraico, un volume di argomento secolare in yiddish o un libro in polacco - chi può dirlo? Nell’immagine successiva, come mi aspettavo, si vede la fonte di quelle letture, la bancarella di un venditore ambulante carica di libri usati. E, sporgendosi sulla bancarella, un altro ebreo dall’aspetto rispettabile e dalla grigia barba sta curiosando tra i volumi.


Così era il quartiere ebraico di Leopoli: non solo affollato, rumoroso e pieno di attività, ma anche estremamente povero e fatiscente, e allo stesso tempo intellettuale – solo mezzo secolo fa, quando l’ho visitato in qualche occasione. Ringrazio l’ingegner Watorski per le sue foto magistrali che ridanno vita a questo luogo e a questo popolo, da così tanto tempo scomparsi.”